La carta
(c) Juan Peláez Gómez
Con el transcurrir de los años había aprendido a distinguir las letras de aquel hombre. Unas veces eran grandes e hinchadas como soles, llenas de felicidad. Otras pequeñas, cuidada y móviles, idénticas a cometas surcando el sobre y, últimamente, temblonas, surgidas de unos dedos ancianos pero voluntariosos.
Había tardado todo un lustro en darse cuenta de la asiduidad del visitante de papel que se acercaba una y otra vez al buzón de aquella señora. Pero …
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Al otro lado de las gafas
(C) Juan Peláez
Miro detrás de la puerta y no vio nada. Nada como cada vez que miraba a alguien o a algo, nada. Sólo cuando le puso un nombre vio. En el fondo de la habitación, parapetado tras las sábanas y sus gafas, el abuelo.
Una lamparilla siempre encendida en la mesilla. Cada noche la luz dorada se le venía encima cuando se asomaba con un empujón pequeñito a la puerta entornada. Por el hueco observaba los brillos de los ojos cerrados y cubiertos por los cristales. Eran los reflejos de charcos. Rebosaban de las aguas en las que se zambullía su abuelo. No me las quito porque debo ver mis sueños. Su madre se reía. Ocurrencias de viejo, ni que fuera un submarinista. Su padre no se pronunciaba. Y a él le intrigaba como si su tato era incapaz casi de ver durante el día, trataba desenvolverse mejor en las oscuridades.
A su edad de niño era imposible que lo entendiese. Le hacían falta más años. La solución se escapaba de sus horizontes de esos momentos, soñar. Los sueños eran el único fluido ininterrumpido entre aquel ahora, lo que iba a ser y lo que fue.
Por eso el abuelo no quería perder detalle. Al otro lado de sus ojos, más allá del sueño iba y regresaba, subía y se tiraba desde donde le complacía hacia cualquiera de las olas y remolinos en los que el tiempo enreda los lugares.
Cada noche tras ir al baño, encender el faro de la lamparilla en la mesita, encallarse entre las mantas, hundir con movimientos de naufragio la dentadura en el vaso de desinfectante y darle las buenas noches con un beso de lija, el abuelo no se quitaba las gafas, porque quiero ver los sueños. Así se sumergía en ellos. Alargaba el cuello desplegando las arrugas para observar con detalle cualquier superficie áspera o lo contrario, cualquier olor o ruido. En esos lugares se podía oír por los ojos, ver a través de las orejas y respirar por medio de una caricia.
El nieto tras aquel ritual se iba a la cama. Le perseguían siempre ojos que flotaban en cristales gruesos con destellos. Luego se dormía con la luz encendida. También quería tener un punto de referencia para volver desde el otro lado. La lamparilla de la mesita toda la noche calentando la habitación para recibir cálida a la mañana.
A veces nieto y anciano se encontraban. Su abuelo aparecía detrás de un seto o le iba a buscar al colegio que sólo cuando el niño decía, mío, se transformaba en el que acudía a diario. Y el tato llevaba siempre gafas incluso algunas veces la dentadura. Algo que le sorprendía. Pensaba que la había dejado sumergida en el vaso de agua coloreada. Desconocía aún que era posible. Las palabras, mis dientes, obligaban al aparato a definirse en la boca. Palabras para crear, gafas para ver lo creado.
Ambos parecían dormidos, incluso muertos desde la realidad. Al. otro lado, juntos se paseaban de la mano calle adelante hasta el parque. El suelo lleno de hojas. Sus amigos jugaban a los montones. Marrón y amarillo en las aceras. Las gafas del abuelo se teñían del olor más profundo que susurraba el tacto seco de las hojas caídas en primavera. Las horas eran una fija, sin transcurso, sin paso, segundos, ni minuteros. Ni tampoco cena, ni madre que gritase, a la mesa. Ni colegio al día siguiente. Ni siquiera la aspereza en los ojos de los despertares. Abuelo y nieto eran listos. Ninguno hacía por acordarse de esas palabras. De un salto se iban al zoo, de un brinco al cumpleaños del primo y sus tartas. Uno se daba la vuelta y no se había girado. Se hundía en el mar y nadaba en la superficie de las nubes. Un chasqueo de dedos era un concierto y los aplausos lanzaban chucherías hasta el escenario. Allí el rojo era tan luminoso como el negro. El blanco sabía a ketchup y las verduras, cocimientos y pescados tenían forma de croqueta o hamburguesa. Todo eso y aún más si quería era capaz de ver el abuelo desde el otro lado de sus cristales. Los soportaban patillas de pasta quebradas que unían un papel celo. Una noche vamos a tener un disgusto. La madre gritaba cuando el anciano se levantó con la cara reseca llena de pasta-sangre marrón oscuro. Esa manía que usted tiene de no quitarse las gafas. La voz se quedó pegada para siempre al papel engomado que juntaba los extremos de la patilla. Uno de ellos se le clavó durante la noche. Debía encontrarse en medio de una aventura. Al despertarse con brusquedad, con sangre, herido y sin sus gafas no pudo recordar lo que había ocurrido. Mientras la madre le curaba el anciano cerró los ojos. Antes hizo un guiño al nieto. Y se fue. Puso apariencia de dormir, incluso su mejor disfraz de muerto. Quedo serio, muy serio hasta que la madre le colocó de nuevo las gafas. Pareció sonreír entonces. En algún lugar del ayer mientras pisaba la semana siguiente colocaba nombres a los seres. Así podía verlos.
El niño esperó a la noche. Aquella noche el abuelo le dejó ponerse sus gafas durante los sesenta minutos que tiene un pedacito de segundo. Miro a través de ellos y aunque al principio no vio nada comenzó a nombrar. El mundo se hizo al otro lado de los ojos, de las gafas, de la puerta, de las palabras.
Ciego
(C) Juan Peláez
En aquel viaje, como en su vida, veía mejor cuanto más cerraba los ojos.
Desde pequeño, al caer la noche, sus paisajes se iluminaban para rebosar colores y nitidez.
Había partido con la luz dela Indiaque aceraba los paisajes hasta el punto de borrarlos del otro lado de la ventanilla del autobús. Un poblado se convertía con rapidez en los gritos de los que saludaban y se quedaban atrás. El rumor de un río se confundía con los vapores a petróleo que le llegaban de manera permanente desde el cascajo del motor. Incluso el tacto del sol hería con polvo que se clavaba durante horas en sus pupilas.
La noche relajó el viaje. La atención se fugaba. La cabeza oscilaba de un lado a otro. Los baches bajo las ruedas, los charcos profundos en medio de la carretera le bamboleaban el cuerpo. El cuello tiraba del cerebro que parecía negar aquellas horas, incomodidades y cansancios, decía no, no, no. El viajero acababa por refugiarse en sus propias historias. Aún quedaba la noche entera para alcanzar Nueva Delhi.La Indiase deslizaba bajo sus pies, más abajo de las ruedas del autobús, en lo hondo de la historia que escribía en su memoria. Escribir era contemplar los relatos que se sucedían dentro de él. Luego traspasaban al mundo terrestre gracias a las formas que dibujaba en su libreta o en un ordenador. Pero esos trazos eran la puerta, la conexión con algo más profundo, misterioso, que sucedía en sus interiores. Contaría las correrías por aquel país, como había vivido el avispero de vendedores recalcitrantes del Taj Majal. Quizá el sacacorchos que se le introdujo en el intestino tras tomar un lassi con sabor a moho. Las cucarachas que no era capaz de ver y que desfilaban con dignidad y distinción sobre los marcos de las puertas de los hoteles de Varanasi.
Un bache más fuerte que los demás le produjo una nueva oscilación del cuerpo y la cabeza dijo, no. Preferiría recordar montañas y glaciares, verdura y humedad de torrentes. La noche le envolvía de noche. Los sueños le abrigaban con su manta de calor fantástico. Lo que sus ojos no veían su alma lo iluminaba. Así se negaba desde pequeño a decirse, futuro ciego. Si su visión con el tiempo y su enfermedad le devolvía al vientre materno para refugiarle en la apacible oscuridad, su voluntad ponía a trabajar a la sonrisa. La risa desenvolvía el oído, los sentidos todos. Al final las carcajadas desbordaban las luces que creaban historias. En cada encuentro de su viaje, un párrafo. En un día un capítulo, y cada aventura, un libro.
Rodaba hacia varios meses por aquel país. Los tomos de relatos se amontonaban dispuestos ya a salir de sus manos. Cuando se colocaba frente a la pantalla de un ordenador en un ciber café de SiKim, Hardewar, Risikesh o Ladak, percibía a sus amigos al otro lado. No era capaz de vivir sin la luz de los demás. Al alejarse de ellos, inventaba historias y personajes para que le acompañasen. La chica incapaz de ver su ombligo. Obsesionada acudía a playas, gimnasios, miraba a todos los humanos en ese punto mágico donde el exterior lleva a los adentros del hombre. Su mayor deseo era levantarse y descubrirse en medio del vientre la unión antigua con su madre. Pero sus ojos no veían por mucho que mirasen. La llamarían obsesa de pequeña, extraña de mayor. Sólo cuando bajaba los parpados se percibía idéntica al resto. La mujer sin ombligo comenzó a viajar. En el Tibet llegó a un monasterio cerca del Monte Kaislas, el ombligo del mundo. Un monje le abrió la puerta. El edificio se erguía en una ladera árida desprovista hasta de la palabra montaña, tal y como era el paisaje en aquellas tierra.
En su celda, durante la noche, lloraba su desesperación. El hombre entró. Levantó su túnica. Acercó una vela que iluminó su vientre liso y sin mácula.
- Hermana – la mujer levantó la vista – Sólo la pareja original creada por Dios, carece de ombligo.
Las sonrisas de ambos, de los hermanos del alma que se habían encontrado divirtió mucho al escritor y a todos sus amigos cuando recibieron el relato por las invisibilidades de Internet.
Otras veces sus historias partían de lo que vivía ¿qué contaría de aquel periplo por la iluminada noche india? Las sensaciones de su cuerpo machacado por días de zarandeo. Puede que la sed aguzada por la capa de polvo del camino.
Desde hacia años su vista se apagaba con la falta de luz. Cada segundo sus ojos se tornaban más hacia sus adentros.
Un bache le hizo saltar de arriba abajo. Golpeó las nalgas contra el asiento y su cabeza dijo, sí.
En su mirar apareció lo que realmente buscaba, una compañera. Le llamaba. Desde el fondo de la noche, le llamaba. Al abrir los ojos frente al sol de la falta de luz, supo lo que buscaba. Conoció las razones de su viaje, de todos los viajes. Desde el fondo del autobús, más allá del cristal, del extremo de la carretera que no se veía, del otro lado del Índico invisible su alma gemela le llamaba. Para crear aquella o cualquier otra historia ya no necesita ver. Entonces abrió los ojos, dio un paso y se agarró a la mano que le tendían desde aquella llamada. Con las alas de la sonrisa y sin mirar donde no debía, voló hacia ella.
La clase de idiomas.
(Para que te rías un rato)
(c) Juan Peláez
Los muelles crujían a gritos. No era capaz de saber cómo podían chirriar tan alto, tan intenso,ne aquel lenguaje metálico incomprensible. De venga y más y toma y dale y sin descanso. Ella también se movía mucho pero los ruidos de su somier eran apenas un graznido ronco de láminas de madera que cedían.
Pegó la pared a la oreja. Se agarró a la repisita que tocaba el cabecero de su cama. Tiró de ella como si deseara que los ladrillos se la vinieran encima. Pronto tuvo el cuerpo tan cerca que pareció sentirse al. otro lado.
Los gritos que percibía acompasaban los gimoteos angustiosos de las piezas metálicas. Sus orejas abiertas, presionadas contra la pintura hacían lo posible por disicernir las palabras. No llegaba a saber si algunas de las onomatopeyas significaban algo más. Las frases le sugería siseos unas veces, otras un discurso a base de síncopes, cortes, ahogos, bufidos y exalaciones. Aprovechaba que muchas de las expresiones se sucedían varias veces. Asi podía asimilar la entonación, la cadencia hasta conseguir una perfecta pronunciación. Luego ya buscaría el significado en el diccionaro. Eso sería al. día siguiente en la biblioteca. En ese mometno debía decicar su atención, espíritu, inteligencia, ganas, voluntad, deseo desesperado a aprender. Cuando el silencio empezó a cubrir la noche retiro la pared. Dejó a sus brazos descansar y se alejó de la estantería. Fue entonces cuando se percató de la tortícolis. No era capaz de girar el cuello. Dos horas había durado la lección. Cuando los músculos se la congelabanen aquel rictus era porque había estado todo ese tiempo a la escucha. Las sesiones de una hora no la dejaban aquella rigidez. No la importó. Había merecedio la pena.
A las siete y media tomaba el ascensor. Su vecina con una sonrisa de satisfacción también. Un saludo ritual y cuando salieron al. portal, la muchacha joven meneó con soltura su minifalda ajstada y se perdió tras una esquina.
Era miércoles. Faltaba menos para el fin de semana. Iban a ser días importantes. Se desarrolaban cursos monográficos en la otra lengua. Un profesor se iba y el otro llegaba. El primero partía el viernes al. medio día. El otro llegaba siempre a casa de la vecina el sábado a la comida para repartir el lunes por la mañana.
Los avances que iba percibiendo eran alentadores. De seguir asi pronto realizaría su sueño. Desde pequeña siempre deseó viajar a España y a Francia. Su madre la repitió hasta despertarla el miedo no, no y no. Te engañarán, te harán lo que ni siquiera puedes imaginarte. Es el extranjero. Para ir allí hay que hablar su lengua, para entenderles y defender tu virtud y todo lo que una las honestas y mujeres deben proteger hasta su matrimonio. Ella lo había preservado bien. A sus cincuenta años la alambrada se extendía a varias hectáreas antes de poder alcanzar sus virtudes. Pero aquellos se iba a terminar. Tras dos cursos de aplicarse en los estudios aquel verano sería el momento. Compró su billete para Madrid. Luego iría a Paris antes de regresar.
Pero antes debería pasar un último examen que se llevaría a cabo el sábado siguiente. Los nervios no la permitieron casi ocuparse del francés durante la semana hasta la madrugada del domingo.
Llegaron muy tarde. Tanto que creyó que la clase iba a suspenderse. Pero se trató de un retraso. A la una el primer aplastamiento de muelles la indicó el inicio de la sesión. El profesor nativo diría la primera frase y ella bajito le respondería. Empezó él. Qué rico, contestó con rapidez. Otra expresión que ella completaría con una vamos allá, hasta dentro. La interrumpió algo que no comprendió bien pero recurrió a una socorrida muletilla, ahí, así, así. El enseñante estuvo deacuerdo y la felicitó por la diligencia que demostraba. Decidió lanzarse a las interrogativas y lo hizo con un, continuo. La frase asertiva de él la reafirmo para proseguir con un verás que bien, despacito, ahora dale, dale, dale. El hombre parecía encantado. Expresaba sin recato su júbilo ante los progresos experimentados por la alumna. Y ya verás ahora, se atrevió a añadir ella. Porque me pones, aseguró para que captara su motivación por el método didáctico. Derivó entonces hacia registros más especializados, eres una máquina, estás como un tren, utiliza tu ariete para romperme, me encanta tu obelisco tan bien erguido. Y el español absorto ante la riqueza del vocabulario se le abrían las carnes de gusto y parecía hasta llorar. Ella ecidió rematar la lección con un, ahora verás lo que es bueno. Fuerte y rápido y le soltó sin a penas respirar, te voy a romper, dámelo todo, come, qué gusto, ya, ya. Decidió finalizar con algo religioso que siempre daba un toque espiritual y de buen gusto a las conversaciones, Dios mío, llegué.
Todas las frases las había pronunciado a sotovoce y al. mismo tiempo que lo hacía su vecina. Agotada por tal esfuerzo de concentración retiró la oreja de la pared y aquella noche durmió satisfecha. El resultado lo consideró excelente. Hablaba español. Se aseguró sin ninguna duda. El test de francés ya lo había pasado hacía algunas semanas. Con aquellos dos idiomas y tras treinta y tres año de espera y ahorro iría a Francia y a España.
La llegada de aquella jovencita a la vecindad había despertado sus esperanzas. Si se incribía en una academia gastaba el dinero del viaje. Si viajaba no tendría suficiente para abonar las calses de idioma. Su madre la había obligado a jurar ante su lecho de moribunda. Ella le prometío como buena hija que preservaría su mayor tesoro y que no se desplazaría a lugar alguno sin desenvolverse en la lengua necesaria. Asi se vió perdida. Su puesto de flores en la calle no daba para más que una opción o clases o turismo. Cuando la joven llegó al. apartamentode al. lado y descubrió que acogía en él acompañantes de diferentes nacionalidades, tuvo la convicción de que el destino le había hecho llegar la oportuniad. Se aplicó cada noche que había cursos hasta tener el dominio prometido.
Cuando desembarcó del avión en Madrid hizo cola en la aduana. Me enseña su pasaporte, Yo a tí te enseño lo que tu quieras corazón. Se expresió muy seria y con una pronunciación implecable. Gimió incluso como hacía su profesor al. final de aquella frase. El policía arbió los ojos sorprendido. Le había dejado estupefacto con su buen español. El hombre la estampó el sello y continuó mirándola mientras iba hacia la cinta de equipajes. Tras recoger las maletas se enfrentó al. primer problema. Metro era una palabra que desconocía. Nunca había sido empleada por su maestro. Se veía que era hombre de posibles y quizá sólo se desplazaba en motos, caballos y trenes. Eran los medios de transporte que más aparecían en sus conversaciones. Tuvo que recurrir a una perífrasis que ya tenía preparada. Preguntó al. jovencito de la información, cariño como puedo meterme en las entrañas de ese tunel que va y viene, que viene y va. El chaval con el dedo temblón y parapetándose tras su carpeta la indicó un por ahí, por ahí. En su segunda intervención con los indígenas del pais se dió por satisfecha. Su dominio de la lengua era perfecto. Mientras se entretenía en tan reconfortante pensamiento sus pasos la llevaron a la taquilla. Solicitó un billete de forma amable y eficaz. Me da uno de esos papelitos que debo meter en la raja para espatarrar la puerta y entrar hasta dentro. La taquillera perpleja no tuvo claro si se trabata de un bono. La inquirió, uno de diez, Si sólo diez porque hoy estoy reventada aunque satisfecha, aunque mañana seguiremos la cabalgada. La empleada le lanzó el billete y se alejó del cristal blindado. A otra que he dejado sin palabras y bajó las escaleras mecánicas con una sonrisa en los labios.
En Sol se fue hasta la calle dela Montera. Allíescogió una de las pensiones.Subió a la entreplanta. Detrás del mostrador una camiseta pegada con la goma de los calores veraniegos sostenía a un hombre sin afeitar, colilla caída sobre los labios amarillentos y voz rota de alcoholes y vida desordenada. Le preguntó por el objeto de su presencia., mira quiero un catre en el que si cabalgo no le giman los bajos. Ella detestaba las camas ruidosas. Deseaba una que no chirriase a cada vuelta que realizara en pleno sueño. Porque se movía mucho, mucho, le explicó al. recepcionista. Soy como una máquina. Cuando me pongo me empleo a fondo y hasta dentro. Por eso se lo digo. El hombre de aquella calle, de aquel recinto, no le dio importancia a las afirmaciones. Me entiende. Si, cladro rica. Cuantas horas van a ser. Todas las que necesite esta noche para quitarme este fuego del cuerpo. Desde que me puse el avión bajo las piernas esta mañana no he parado. Ya, ya, mira a mi no me tienes que dar explicaciones. Pago por adelantado. Recibió una llave tras depositar el dinero en el mostrador.
El cuarto se alejaba del lujo a la misma velocidad que se penetraba en él. Las vistas del edificio de enfrente hacian claudica cualquier intento de glamur. Una fachada con desconchones debía iluminarse de amarillo la noche. Una farola colgaba su brillante telaraña al. sol pegada al. muri desportillado. Cuando a penas había deshecho la maleta el primer gruñido. Le era familiar. Un ay que rico y supo que la lección empezaba. Pegó la oreja. La suerte la acompañaba en aquella pensión que ofrecía aquel servicio gratuito a sus clientes. Se tataba de un franccés, precisamemnte la próxima etapa de su viaje.
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Un regalillo para mis amigos los niños, sus padres y profesores. Un libro de juegos tradicionales en la ciudad en la que ahora vivo: Madrid. Pulsa en este enlace: LIBRO DE JUEGOS TRADICIONALES
El diablillo que conoció a dios
(c) Juan Peláez Gómez
José encontraba siempre curiosidades, extrañezas, maravillas. Miraba donde los demás no lo hacían. Quizá en los mismos lugares pero de manera diferente. Debajo de la cama se topaba con océanos, veleros, cavernas submarinas que le llevaban al centro de planetas por descubrir. En el fondo de los guardarropas descubría túneles hacia el espacio, naves interestelares y seres de mundos estrafalarios. En los pasillos oscuros los monstruos y las hadas, elfos y magos, dragones y guerreros, se cruzaban en su camino.
Aquella tarde iba a …

La fuerza de todos los nombres
(c)Juan Peláez Gómez







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