La feria de abril de Sevilla

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Los colores bailan, saltan, se pasean, se trasforman en volantes de trajes de gitana. Caen en cascada desde la montura de los caballos. Es la Feria de Abril de Sevilla.

Amarillo albero en el sol de primeras horas de la mañana que sorprende a los rezagados. A quienes prolongaron la diversión más allá de la noche.

Las casetas descansan del bullicio y las palmas y el cante y el taconeo. Se reordenan para el nuevo día.

Mientras tanto, a la par del avance de la mañana, se multiplican los señoríos del taje corto, del sombrero de ala ancha y de los entronques de caballos. El tiempo suspendido del calor pesado y brillante del medio día. Sin embargo, es tan vivo y presente como el bracear tenso de las cabalgaduras. Un bayo, otro zahíno, el demás allá otro redondo, en un puro azul recortado por coches con madroños rojos y amarillos. A un animal nuevo, el siguiente espléndido y sobre ellos hombres, niños que contrastan con el volumen inmenso de sus monturas. Las parejas orgullosas. Contrapone el negro severo del traje de él con el barroco luminoso de la niña o mujer.

La tarde no detiene. Encandilan sus horas con el espectáculo. Los caballos se estabulan. Los asistentes cambian de nuevo de vestimentas. Los zahones dan paso al taje oscuro, sobrero a juego y camisas sin corbata.

Por la noche la feria cambia de nuevo. Las casetas se alegran. Las sevillanas se suceden y las palmas se derraman sin medida. Se mariposea de una caseta a otra donde un amigo levante su bandera. No existe el compromiso.

Estamos en feria, precedido de cualquier disculpa perdona cualquier encontronazo, pisotón, sin penitencia alguna.

Y qué impresión la del baile. La sensualidad de una danza sin el menor roce transmite la fuerza y pasión de los sentimientos de amor, odio, ternura… con el mágico lenguaje de las manos. Las miradas altivas profundas de las parejas. Cimbreo de cinturas. Poesía que serpentea entre los cuerpo, los une, los enciende.

Fuera los farolillos y las luces de La Feria. El chocolate de los puestos, los dulces, los aguadores con los búcaros, la calle del Infierno con la mujer barbuda, el hombre come espadas y demás artilugios y reclamos de animación tópica y repetida.

Y en medio del bullicio algunos gritos de “viva Sevilla”.

Las personas y los hechos se diluyen. La Feria continúa ¿dónde estará el largo escocés, la caseta del sesenta y nueve? Durante unos días de abril el hechizo se renueva. La Giralda y su piel de mujer se muere de celos por la ausencia de visita de los sevillanos. Bécquer, perdido en su rincón del Parque de Maria Luisa, se torna más melancólico al oír el eco de los palillos. Las Torre del Oro deja de vigilar el Guadalquivir para volver sus ojos hacia las luces de la feria.

“No vayáis a Sevilla en abril”, debería rezar en las entradas de la ciudad. Su embrujo hará que año tras año haga tornar al visitante atraído por la llamada forjada a fuego de luces y cante por sevillanas.12670077_1692311981049128_8274977855315756033_n

Muchas gracias.Thanks so much. Merci.

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