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Un día en la vida de María

Juan Peláez

Recopilo un artículo que escribí en 1993 y por desgracia sigue siendo de actualidad.

Siete menos diez segundos, nueve, ocho… silencio absoluto en la habitación, siete, seis, cinco, cuatro, tres dos y RING, RING… María se levanta al encuentro de otro maravilloso y exultante día en su vida como madre, esposa y “tratar de seguir siendo María”.

Lo primero preparar el desayuno con café, tostada, cereales a la moda americana, colocaos diversos, bollicaos…

Al fondo del pasillo se escuchan ronquidos.

Al mismo tiempo que calienta los diferentes líquidos en la cocina, corre a la habitación. Manolo que no llegas, y de la misma carrera se mete en el baño y se ducha con rapidez. Tres minutos exactos, sin lavarse el pelo. Hoy no toca. “Manolo que legas tarde”. Los ronquidos siguen. La cafetera pita. Y, del sobresalto, casi se salta un ojo con el lápiz del rímel. Son las siete menos cuarto “Manolo todas la mañanas igual. Qué no llegas” El marido se incorpora, la mira con cara agria y murmura una maldición. Se arrastra hacia la cocina y de un trago se bebe un café. Se mete en el baño.

María ataca a los niños. A desayunar. Manonito, el mayor, como si estuviera en trance ni se entera. Borjita se da media vuelta y mete la cabeza debajo de la almohada y María llora porque se niega a ir al colegio. El chalet adosado de urbanización en ciudad de calidad de vida retumba. La madre empuja a dos niños al baño. Borjita se pega con su hermano porque le ha quitado el peine. Este agarra la ducha de teléfono y riega al hermano, que con en un ademán de valentía, agarra el gel y le suelta un chorrazo en los ojos. El gel que cuida tu piel, le arrebata un gritos desgarrados. Los cimientos de la tranquilidad de la madre se tambalean. Como un alíen poseído, los chicos chapotean en una mezcla de pompas de jabón y espuma. María olvida las recomendaciones del último cursillo “pedagogía aplicada para el ama de casa solitaria” y entra a saco repartiendo capones. Así los consigue calmar y arrancar del cuarto de baño. Termina por arreglarlos ella misma. Ocho menos veinte. Manolo sin salir del baño. La niña sin vestir. “Manolo que salgas, que ya llegas tarde. Acabo de oír que en la carretera hay un atasco de órdago”.

Ocho menos diez. Los tres niños sentados por fin a la mesa. Borjita se echa medio kilo de cereales en la taza y la desborda. Manolo se los traga a puñados. María no puede comer porque esta acción y llorar son incompatibles. El marido sale del baño. Coge la cartera y profiriendo exabruptos se lanza sobre la taza de café en la cocina y sale escopetado por la puerta.

María intenta entrar en el baño a terminar de arreglarse. Como está empapado se moja hasta los tobillos. Mientras se intenta pintar los ojos, se da cuenta que uno de ellos se le tuerce. Qué olor. Manolo no ha tirado de la cadena y ha dejado, como cada jornada su pastel triunfante plantado para admiración del público asistente al espectáculo. Sin darle más importancia corre a la habitación a ponerse el chandall, las pulseras y los tacones. Cuando regresa a la cocina el bollicao de Borjita está restregado en la cara de María. La niña sigue llorando. Ocho y cuarto. Por fin mete a la prole en el utilitario que Manolo, en un arrebato de cariño, le compró para que pudiera ejercitar con diligencia los quehaceres propios de su sexo. Consigue llegar al colegiio. Atasco. No pueden ni bajarse los niños. Otra madre le pita y ella saca la cabeza para increparla. María que quedamos en el bar de siempre a tomar un café.

Nueve y media. Tranquilidad momentánea. Siete madres en chandall desayunan el bar de la plaza.

Pues Eduardo de novio era una máquina. Ahora se cree que la maquinaria sin descanso soy yo. Y una vez al año me conecta, centrifuga aunque sea el único día que me duele la cabeza.

Todas rieron.

Al mío solo le gusta el domingo después de desayunar. Claro es cuando todos los niños están berreando por la casa. Así como se concentra una.

Hablando de otra cosa. Mis vecinos me pidieron una docena de huevos. Como está el patio. Mucho chalet adocenado, coche, colegio de pago y luego ni llegan terminar con dignidad el mes. Vinieron aquí con algún pelotazo y ahora están verlas venir. Si es que hay tanto quiero y no puedo.

Todas miran hacia otro lado haciéndose las despistadas.

Las diez. ¡La compra! Pagan. Corren a los utilitarios y al hiper. María, se queja, no tengo la monedita para el carro. Como pagué el café. Carrera a la caja. Cambio, trote al aparcamiento y carro. Escoger las ofertas del día, cola. Paga con tarjeta. El último dinero en efectivo lo perdió de vista el día diez. Lanza los productos al maletero, de nuevo al colegio. Cola y recoge a los niños. Escucha las aventuras de la jornada. Una nota de la maestra para que se reúnan con ella porque Borjita ha intentado meterle un lápiz a otro alumno por una oreja. Llegan a casa. A lavaros las manos mientras hago la comida. Recuerda el curso sobre dieta equilibrada de la Asociación Amas de Casa de hoy en día. Conecta el microondas. El precocinado preparado en dos minutos. Una maravillosa receta “destinada a librarnos de la esclavitud de cocinas”. ¿Otra vez menestra con pollo? Manolito se desgañita soliviantando a los hermanos. María se niega a comer. Borjita se agarra a la esquina del mantel y hace la pantomima de vomitar. La madre agarra al mayor por el brazo y lo sienta de un golpe en la mesa. Los otros dos toman asiento atemorizados. Más se ha puesto brava. Hurgan entre las verduras a la búsqueda de los gigantescos trozos de pollo anunciados en la publicidad de la caja del preparado. Producto anunciado en la televisión. La madre hace una labor educativa y les enchufa la tele calmante de la cocina y les pone los dibujos animados de moda. Se acabaron las quejas. Los chiquillos hipnotizados dejan de dar la brasa. Sus posibles comentarios no se escuchan perdidos entre los estruendos de la televisión.

En dos minutos María mete los platos en el lavavajillas, arrea a la tropa de nuevo hacia el coche y tres menos cuarto. Les deja en la entrada haciendo cola tras sinfín de madres. Como s acuerda de su cómoda vida cuando dejó de trabajar después de la boda con Manolo. Se va a recoger unos zapatos de la niña que dejó a arreglar, unas gafas con el cristal reparado del mayor. A las cinco Manolito es depositado en la puerta del gimnasio de kárate. Luego Borjita a informática y María a ballet y ella, por fin, se mete cuarenta y cinco minutos escasos a aerobic. Se enfunda en una malla que cada decía le viene más justa. Mete en vientre y empezar a descoyuntarse los miembros en la que suda a mares. La profesora inflexible les pide más y más. Termina. A la ducha de dos minutos, se viste a la carrea y los niños ya la están esperando en las puertas de sus respectivas actividades extraescolares. Las siete. Por fin en casa. Hora de los deberes. Manonito empieza con sus preguntas de mala gaita, a ella que no pasó del BUP y encima la recrimina. Ojo con lo que me dices que ayer me pusieron un cero en las preguntas porque corriendo no es un subjuntivo.

Ocho y media. La cena sin preparar. Manolo llega hoy antes. Hay partido. Los pequeños electrodomésticos trabajan a destajo.

“Hola Manolo” saluda poniendo la cara para el beso que el olvida en su camino obsesivo hacia el mando a distancia de la televisión. Empieza el partido “María me traes una cerveza y que los niños se callen”. Ella mientras siente que acaben las salchichas enterradas debajo de un montón de patatas fritas congeladas. María se venga de su hermano lanzándole el kétchup a la cara. “Manolo dile algo a los niños” y en el salón se escucha a pleno pulmón “gol, gol… que golazo”.

Las nueve. Los niños por fin a la cama. Cuando acaba de dormirlos regresa al salón. Intenta conversar con sus marido. Ha escuchado en los cursos de sexualidad en la radio, que los problemas de pareja empiezan a solucionarse a través de la comunicación.

  • Manolo ¿Qué tal el trabajo? -Por empezar de alguna manera.
  • Ese árbitro está comprado.
  • ¿Hablaste con tu jefe?
  • Nos están robando el partido.
  • Vamos, que no te va a dar el aumento.

Las once. Como el partido no ha tenido prórroga cenan. Las patatas están acartonadas.

  • Qué asco María, con el tiempo que tienes y siempre comemos cosas de plástico.
  • Manolo -ella no le hace caso- hemos quedado con los Perez para la barbacoa del domingo. Esta vez toca en su chalet.
  • Juego con el equipo de futbol sala.
  • Luego te dará la ciática. Toda la semana sin hacer nada y el domingo el palizón.
  • Tú que sabrás. Yo me mantengo como un chaval. Además voy a empezar a hacer pesas en el polideportivo
  • Ya si, como todos los años un mes antes del verano para que no se te noten los michelines.
  • Pero si es el único día que podemos salir de esta maldita urbanización.
  • Tendrá que ser cuando acabe la liga. Los chicos del equipo me necesitan.

Él se enfada. Se va al baño. Frente al espejo mira la panza de su vientre embarazado de cervezas.

Las doce. Se van a la cama. Ella se pone el picardía.

María apaga la luz. Mañana tengo que madrugar. Por cierto ¿has engordado?

Un minuto después empiezan los ronquidos.

Muchas gracias.Thanks so much. Merci.

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