Cerebro y agobio laboral

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Juan Peláez

Tener una gran autoexigencia es la base imprescindible para conseguir logros laborales, pero hay que tener capacidad y talento para llegar a la excelencia. Por lo tanto, el equilibrio entre esfuerzo y resultado es fundamental.
Dr. Luis M. Labath
AUTOR
DR. LUIS M. LABATH

Médico Especialista en Medicina Interna. Ex Director Médico del Hospital José M. Cullen. Miembro de Honor de la Asociación Médica Argentina. Designado como Maestro de la Medicina Latinoamericana por la Asociación Médica Latinoamericana.
Artículo de uso libre, sólo se pide citar autor y fuente (Asociación Educar para el Desarrollo Humano).

 

Son varias las razones que pueden llevar en algún momento de la vida a sentir el trabajo habitual con desgano, como algo muy complejo o como si de pronto “quemara”.

La gran mayoría de las estadísticas aportan porcentajes muy elevados de hartazgo laboral generalizado. Uno de los trabajos más extensos fue el realizado por la agencia Gallup en 140 países. La investigación determinó que de los cerca de 180 millones de empleados encuestados solo un 13% confesó estar feliz en su trabajo; un 63% ni está a gusto ni siente ningún tipo de motivación en su empleo y un 24% directamente lo detesta.

Claro que es cierto que lo vocacional no siempre es requisito fundamental para asegurar la felicidad laboral y, al igual que sucede con las relaciones de pareja, a medio-largo plazo, la pasión, la euforia y la felicidad no se sostienen en el tiempo indefinidamente.

Como depende de los valores y de la personalidad individual, sentirse cómodo y satisfecho en un empleo cuando el trabajo se vuelve excesivamente rutinariimageo se transforma en un atentado contra el bienestar y la necesidad de buscar otros estímulos.

Al cambiar las prioridades con el tiempo, la tendencia cuando existe malestar, agotamiento o infelicidad demanda una salida que posibilite desarrollar nuevas habilidades. Aunque siempre, para encontrar el porqué del malestar, importa analizar la asertividad (o sea, la afirmación de la propia personalidad, confianza en sí mismo, autoestima, aplomo, fe gozosa en el triunfo de la justicia y la verdad, vitalidad pujante, comunicación segura y eficiente) y el estado de estrés permanente (el estrés es una respuesta normal del organismo ante la evaluación amenazante y negativa, consciente o inconsciente, de una determinada situación. Es decir, es un mecanismo de defensa que aparece cuando se registra un desequilibrio en el cuerpo. En los casos en que este estado permanezca en el tiempo sin encontrar una solución, se produce distrés, cuyas características pueden provocar distintas enfermedades o empeorar las ya existentes).

En estos tiempos complejos, tanto sociales como laborales, parece lógico pensar que para mantener el puesto de trabajo, además de ser competente y eficaz, hay que gestionar de manera adecuada las emociones. Es decir, gozar de un gran autocontrol, aunque las personas con altos niveles de autocontrol y responsabilidad tienen características que tarde o temprano pasan sus facturas.

Una correcta gestión emocional y de autocontrol no debería ser perjudicial, pero excederse pone en riesgo la salud psicológica e incluso la física, ya que el nivel de autoexigencia termina siendo destructivo y coloca en riesgo ante posibles patologías asociadas a la ansiedad, el estrés y a alteraciones somáticas de distintas índoles. Si no se frena a tiempo, por el mismo exceso de exigencias, aparecen el Burn-Out (agotamiento excesivo debido al estrés), el mobbing o acoso laboral u otras patologías asociadas a trastornos de personalidad.

En estos casos, es fundamental diferenciar agotamiento de distrés, porque la mayoría de las veces las causas son distintas y los tratamientos diferentes; además, sirve para definir y encarar específicos medios preventivos. Otro punto esencial es no confundir las situaciones y evitar el frecuente y grosero error que obstaculiza la implementación de medidas farmacológicas que ayuden a superar el problema.

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Juan Peláez

Sabemos que el estrés es una enfermedad psicosocial que caracteriza al mundo moderno. Algo tan inespecífico que pareciera que no se puede aprehender o medir y, sin dudas, la variante de mayor magnitud es el estrés laboral, sobre todo cuando se conoce que cualquier situación de tensión que acompaña la conducta de una persona en el trabajo puede originarse en el entorno profesional y, también, fuera de este.

Ante influencias de un lado y del otro, suele tornarse complicado determinar el verdadero detonante del trastorno. Sin embargo, los expertos definen como estrés laboral al que se origina fundamentalmente por las condiciones de trabajo y el desempeño profesional observado en grupos de trabajadores.

“Estar quemado”, estrés laboral o síndrome de Burn-Out es un estado de decaimiento físico, emocional y mental, caracterizado por padecer cansancio crónico, sentimientos de desamparo, desesperanza, vacío emocional y el desarrollo de una serie de actitudes negativas hacia el trabajo, hacia la vida propia y hacia los demás.

Si bien el agotamiento emocional suele ser lo primero que se manifiesta a través de la pérdida progresiva de la energía vital, a corto plazo, la irritabilidad, la queja y la pérdida de la capacidad de disfrutar de las tareas caracterizan el momento, hasta que surge la deshumanización y la desconsideración por el otro, además de la gran dificultad para manejar el malestar y una tendencia a expresar hostilidad hacia el medio y a generar actitudes negativas hacia los demás.

La falta de realización personal es quizás el último paso del proceso, donde la pérdida de ideales repercute en la autoestima y en los sentimientos de autoeficacia. Esto coloca al trabajador en un estado permanente de “lucha o huida”, dentro de una respuesta fisiológica por la percepción de estar expuesto a una amenaza a la supervivencia.

Lógicamente, enfrentar este tipo de presión a diario obliga a soportar una oleada constante de hormonas de estrés, con síntomas físicos como fatiga crónica, dolores de cabeza, alteraciones de sueño, alteraciones gastrointestinales y pérdida de peso. A nivel emocional, se manifiesta con decaimiento, falta de concentración, ausencia de motivación para acudir al trabajo, abuso de drogas (café, tabaco, alcohol, fármacos, etc.), incapacidad para relajarse o búsqueda el aislamiento social.

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Una de las características más comunes es que se empieza a perder el control sobre las emociones, con mucha ansiedad y tristeza, manifiestas con gran cansancio y severa fatiga, sin relación con el trabajo realizado ni mucho menos, y que son alteraciones que se producen por el desgaste o por cambios orgánicos por modificación en los neurotransmisores y las neurohormonas.

No hay dudas de que en la actualidad esta patología guarda una preocupación alarmante. Un relevamiento llevado a cabo con médicos alemanes reveló que el 50% de los profesionales de la salud estaban sufriendo de Burn-Out por la presencia prolongada de estrés producido por el trabajo y cuyos síntomas incluyen fatiga crónica e ineficiencia laboral.

En conclusión, pregunto: ¿es aconsejable ser menos responsable en el trabajo? Los expertos lo niegan. Seguramente la clave está en compaginar el trabajo con otras actividades en las que la relajación y el excesivo perfeccionismo logren un equilibrio, incluso en horario laboral.

Un estudio del padre de la psicología positiva, Martin Seligman, muestra que la gente con alta autodisciplina alcanza un mayor nivel educativo y cultural e incrementa su cociente intelectual.

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