Cuentos

La muerte del hombre

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Hasta las seis del día siguiente

(c) Juan Peláez

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Publico un cuento que escribí en el 7 de marzo de 1999. Espero que lo disfrutéis.

Se levanta el telón. De nuevo los ojos se derraman sobre el patio de butacas. Los focos se le vienen encima y le dan la vida. La función comienza mezclada con los intentos de silencio de un público absorto.

El primer acto trata de familiarizar a los espectadores con los personajes y acontecimientos. Cada actor lo intentará armado de texto y con sus pasos, zancadas elásticas, zigzagueos por el escenario. Ayudan los trajes que les transforman en señor y señora, sirvienta sin letra alguna en la cabeza y el suyo de don Juan, amigo traidor del casado. También puebla la escena una alcahueta que gesta traiciones y una hija que despierta desde su juventud la pasión del ligón impenitente. Llevan así, tras un segundo acto de laberinto mental, al aplauso, una salva y otra. Después el teatro se queda solo, como él, hasta el día siguiente.

Cuando a las seis de la tarde del siguiente día llega el público. Y el hecho de abrir los ojos y sentir la tibieza de los focos, a él le llevan de nuevo su existencia.

Él, protagonista absoluto, ama a la jovencita. Lo sabe desde el comienzo y por el guion escrito en su memoria. En los dos primeros actos debe permanecer distante. Fingir que a quien desea es a la madre madura y rica. Debe mantenerse en su papel y ocultar, hasta a sí mismo, lo que conoce de sus sentimientos. Con su andar memorizado entrará en la escena. Se acercará a la mujer que ama en el otro plano de realidad y que ella aún no lo sabe. Sale desde una puerta iluminada de azul, para adentrarse en un halo de luminosidad cálida que rodea a su amada. Y siempre, desde el principio de la representación, querrá que llegue ese momento, justos instantes previos del final. Él le mirará con todo es amor desbordado desde el texto de la obra. Se abrazarán y pieles y labios les disfrazarán de la pareja perfecta. Luego los aplausos, las flexiones de tronco, idas y venidas hacia quienes los asistentes y las luces se desconectan hasta las seis del día siguiente. Entre eses seis y otras seis, la espera en la nada. Como si ese amor desbordado tirase de la vida para sacarla fuera de él y sentir la alegría de ser actor. De ejecutar el oficio para el que ha sido creado. Despierta emociones en los demás, contarles historias que después de siglos se repiten entre los hombres amores, despechos, odios, amistades, traiciones…

Es durante el segundo acto cuando peor se siente. Engaña, despecha, embarulla el argumento para confundir. Ve desgarrarse a los asistentes, incluso las lágrimas de las mujeres que le devuelven el brillo de los focos. Desearía decirles, es solo ficción. Más adelante todo se soluciona. Yo me caso con mi amada. Ya verán. Esperen, esperen. Pero sería destrozar el tercer acto. Debe guardar el secreto y continuar. La trama le obliga a construir un dédalo del que nadie, en apariencia, parece poder evadirse. De tanto en tanto, mira a la mujer que quiere y a quien también le gustaría decirle , no sufras, al final estaremos juntos. Tampoco puede. Solo le consuela que la joven, también actriz, conozca el desenlace.

Con los años ha pasado la alegría primera de convertirse en lo que más deseaba, actor. También el regocijo de ver a los compañeros, de sentir el aire fresco que une las bambalinas con la atmósfera gastada de la sala. Del sentir sus zapatos deslizándose por las tablas del decorado, vivir el chorro de voz que tira del dialogo.

Ya le duelen los segundos actos como el que interpreta. Porque percibe que el tiempo le empuja hacia las despedidas y la bajada del telón. Se le bajarán también los párpados y desaparecerá la magia del actuar. Y solo le ayuda el sentir esos cinco minutos. El momento en los que todo cambia de rumbo por cinco minutos. El aparente matrimonio con quien no desea se transmuta en la relación que él ansía gracias a las frases del autor.

Pero cada día más, esa lucha le destroza. No puede detener el fijo de los minutos para llegar al abrazo definitivo y que le dejará en ser quien es hasta la próxima actuación.

Por eso tal vez en el principio del tercer acto, castiga. Comete maldades. Regala indiferencias. Hasta que por arrepentimiento toma la mano de su amada y la invita a una vida en común. Los aplausos destrozan el momento y como una ola le barren las esperanzas.

La representación finaliza. Todo queda aclarado. La trama ha deshecho su nudo y queda el camino recto que todo el mundo puede seguir ¿Quién se iba a imaginar que acabaría así? Si es que no podáis de otra manera. Los indicios eran inequívocos ¿te acuerdas de aquella frase del segundo acto? Los espectadores debatirán sobre líneas del téxto, guiños de los actores y el desenlace, parece tan real.

El hasta el día siguiente no podrá analizar cosa alguna. Lo último que siempre ve es la cara de su amada y actriz, si, esa con la que al final se abraza, que decía un asistente. Sabe que un instante después de oír el sonido de las baterías desconectándose, su amor quedará en suspenso hasta las seis del día siguiente.

La olla

(c) Juan Peláez

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Su marido porque era francés o porque era su marido, no lo entendía. Guardar aquella marmita desportillada, deforme y orinecida en el armario. Ni tampoco su enfermiza necesidad de contemplarla cada noche.

Sólo así era capaz de irse hacia los sueños. A cada uno de sus latidos latido, una explosión. Caían, tocaban, se abrían. Bajaban, manoseaban, se rompían. Llovían y al tactar la tierra iluminaban los desastres. Una, dos, cientos de bombas y paredes que se precipitaban al extraplomo contagiaban a las vecinas hacia los precipicios. El polvo sobre los derrubios arropaba los hogares destruidos. Serpenteaban nariz adentro los ladrillos machacados, los cementos en trizas. Los aspiraba en su recuerdo como aroma de almuerzo

. La saliva de las hambres que acontecieron después la arañaban garganta abajo. Quería comer. Un plato, los cubiertos, el mantel, el perol, tras ellos su madre también su padre. Les rodeaban los cuadros de las paredes, el sol cristal de la ventana y los visillos que calcaban claridades.

La sirena se repetía y las escaleras hundidas. Más latidos, silbidos de edificio que se desgajaban. El alféizar de la terraza que caía al patio. El patio era escombros y sobre los escombros lluvia de vigas, muros de carga y dolores. Mal cuerpo de ausencias bajo los derrumbes, de heridas, de almas magulladas, de aquel octubre del cuarenta y cuatro que fue uno y cientos.

El corazón seguía su latir en pleno sueño ya pesadilla. Años, años, lustros después del cuarenta y cuatro, otro avión y su supositorio metálico, entrañas destrozadas. Del cañón subía, descendió, se hincó en otro edificio, un obús. Le reventó a los moradores el alma y los sentires, les llegó hasta las reminiscencias que reposan en las entrañas, hasta las suyas. A lo lejos otro muro perdía pie. Le chiclearon las columnas y se desmadejó sobre sus portales.

En su ensueño soldados que arrastraban, niños, mujeres, pocos hombres, multitudes. Le aleteó el tímpano pero no levantó el vuelo. Quedó allí adherido al ulular de los proyectiles, al quejido, a su pesadilla. Oyó un corazón, puede que el suyo. En el sístole llegaron su casa de juguete, madre, papá, su muñeca, la cama, los cuentos de anochecida. Al diástole se esfumaron en rojo, derrubios, chillidos. Se agitó, se sacudió. Deseó distanciarse del sueño. Pero alejarse del propio corazón no se podía. En la mesa del salón la cena. Flashes de bombas sobre las copas. Su madre servía de la piñata, lo caliente, lo acogedor, el hogar todo, la niñez toda, la familia plena, el pasado. Penetró el líquido con la cuchara. La lámpara cae, rompe, desgaja. Mantel, olla y padre se fusionan. Donde hubo brazo hay asa. Donde rosa, carmín y dos bocas abiertas redondas de cacerola y hombre sin cerrar y vacías. El corazón le galopaba, su casa, su casa, su casa. Las escaleras rápidas bajo sus pies. La barandilla que se hundía en la levedad del hueco de los escalones. Pandemonium, barahúnda y vio vecinos a la huida. Cayó ella y la recogieron unos brazos. Cayó otro proyectil y lo recogieron brazos sin sus cuerpos que bombeaban desde corazones abandonados, líquidos, sangres, charcos. Huían. Nada en las manos, recuerdos imprecisos.

Por los sueños le explotaban suavidades, las manos de su madre, el papel de los deberes, abrigos de mantas en invierno, la caricia de las nanas. Por las ventanas el rumor del patio, el tintineo de los cubiertos, el claqueteo de los cadozos sobre el fuego, las sopas, los cariños. Tembló el entablillado del suelo. Vibró el aire, con fuerza, con sacudida, con empellones. El pavimento se desmoronó. Los ojos del vecino recibieron sobre las pupilas aterrorizadas el hundimiento. Su madre se le escapó de las manos. La muñeca también. Caía, llegaban, se abrían. Le explotaban en pleno sueño cuerpos reventados, vísceras, olores. Se zarandeaba. Las lágrimas encadenaban las pestañas. Impedían abrir los ojos.

Otra granada que arrancaba evocaciones, temores, seguridades. Corría por el pasillo. Empujaba el triciclo. Su hermana la ayudaba. La seguía bajo cuadros de caza, de Zakopane y una virgen de Chestojowa. Acha se retrasaba. Sabía que con el siguiente latido, como siempre, con el siguiente, llegaría, empujaría y la mandaría piso arriba. No habría ni techo, ni cielo, ni hermana, ni la lámpara metálica, ni pasillo.

Despertó. Batía el corazón y plañía ausencias. Palpitaba por los aires olvidados de la casa, los ruidos cotidianos, los olores de cada hora, el tacto de la familia, su madre, papá, hermana.

Del millón, solo ciento sesenta y dos mil volverían. Ella regresó. Arrojada de la pesadilla supo lo que sucedería. Lo había revivido cada noche de sus veinte distancias de aquel año de los horrores. En Varsovia se encaminó por entre las ruinas mientras preguntaba como todos preguntaban ¿dónde? El porqué no merecía la pena.

Los hombres descombraban solares bajo paredes que funambuleaban sobre el borde de su fractura.

Lo sintió. Fue más que una intuición. El corazón se la detuvo un instante. Se inmovilizaron los pies. En el tercer piso de aquella ruina sólo había cielo. En el portal, el tercero se revolvía con el segundo, el cuarto y el primero. Entre ellos hurgó. Movió restos de tabique y apartó trozos de viga. El pasado humo se levantó entre la polvareda. Volvieron los chirridos, una bomba, otra, otra y quién podía saber cuántas más. Se le alteró el pulso para transportar imágenes. Caras que se borraban. Los años dinamitaban con olvidos. Sobre el suelo abrió una hoja. De la puerta caída surgió una habitación sin fondo, ni mesa, ni madre, papá, hermana y sola y abollada, la olla. Las guerras, los desplazados, los huidos se habían ido vida adelante sin sus pasados. Ella tuvo suerte. Arrancó de los escombros la boca deformada y vacía. La tomó entre las manos. Por el ensalmo de su deseo el hueco metálico rebosó de su pretérito. Sentada en la cama miró el armario. Dentro el recipiente único de una Polonia desaparecida. París al otro lado de la ventana era noche que siseaba. A dos mil kilómetros, a dos mil, le parecieron años las bombas, sus silbidos y su marido al otro lado de la cama. De la olla surgió la nana silenciosa. Su corazón recobró el sosiego. El sueño cayó, la tocó, se abrió sobre ella a cada latido.


El tío

(c) Juan Peláez

(Un cuento que habla de la injusticia que viven millones de seres humanos incluidos nosotros ahora mismo)

El cielo se clava de puro frío. Pincha desde las estrellas. Miles de agujas de color plata saetean el cielo, lo velan de nieve y lo vuelven trasparente.

Las arrugas sobre las arrugas de la frente aplastan sus cejas y le vuelven los ojos pequeños, brillantes y cansados.

En el aire helado, los alientos se roban el calor y entrechocan sus nubes de vaho. Las sombras forman personas, se arrebujan preñadas de silencio. Lejos los camiones de los capataces gruñen por las carreteras mientras se acercan desde los alrededores de Potosí.

Diez, cien, más de un ciento de hombres, andantes de noches y lejanías, esperan su llegada. Los gorros raídos, arañados de usos y suciedades, tocan cabezas abotargadas de desesperanzas.

Son los mineros que mascan coca. Escupen de tiempo en tiempo sinsabores entre sus salivajos.

En la plaza aguantan arrumbados a sus propias sombras.  Tienen esperanza sólo en el hoy, casi no hay mañanas en sus horizontes de esperanza.

Llegan los capataces. La masa se mueve. El grupo se rompe como una ola contra las cajas de los camiones. Las miradas se elevan . “Yo jefecito”, “yo mismito, patrón”, “deme un día”… Las voces se ahogan entre los ronquidos metálicos de los motores que escupen gases. A los que imploran no les preocupa, más tragarán en las minas.

Los índices de los capataces atraen a unos. Se introducen como dardos de veneno entre los ponchos de los no escogidos. Unos cuantos montan en los camiones y él también. Hoy hubo suerte.

Un tirón brusco y la carretera lanza su polvo hacia los que quedaron atrás, sin trabajo. El hambre que se les acumulará en otro estrato sobre sus tripas adormecidas por coca compasiva.

Un salto en otro bache y las piezas metálicas del camión parecen desarmarse. Es una falsa alarma. Estrellan otro golpe contra los riñones de su carga de hombres El gasoil se mezcla con el polvo. El polvo con el aliento. Juntos calafatean los alvéolos de los mineros.

Suben, suben, ascienden hacia los hielos líquidos que abrigan el cuerpo en forma de viento, allá en las alturas del Cerro Rico sobre Potosí.

Llegan y bajan de los vehículos en una falta de luz que va más allá del espacio y a él le embetuna la vida. Se la torna un ahora sin horizonte.

Entumecido el cuerpo, un paso y otro le bambolean hacia la bocamina. Las manchas oscuras de la sangre de llama sobre las rocas son más sombras entre las ausencias de luz.

Realiza la ofrenda al dios de las profundidades. Desea que le permita acceder a sus riquezas. También que no le arrebate la vida.

Se introduce en el vano.

El suelo se queja con chapoteos bajo las botas de goma. Rompe su tranquilidad marrón y turbia para golpear con sonido a hoyo en las paredes estrechas del túnel.

Unas maderas apuntalan una abertura a la derecha. En su fondo, la lámpara saca de las tinieblas un crucifijo clavado en la roca. Él, como buen minero, le deja una pequeña flor. El Cristo de los cristianos es quien le ha ofrecido el regalo de una jornada con salario.

Luego sigue hacia las entrañas de la tierra. Los pasillos se estrechan. Atrás queda el Jesús crucificado con sus ángulos y luces . Delante las fraguas de Vulcano y Plutón, los infiernos, el diablo: el Tío, el señor de las profundidades y de la oscuridad.

En otra pequeña sala, oculta tras un pilar raído de madera cuarteada, dos bolas de cristal brillan con el rebote de la llama. Dos cuernos se clavan en una cabeza de cabellos desbordados en el mentón recubierto de barba: Satanás, único señor de las minas. Si su permiso los minerales no se pueden extraer. Él, minero, nieto y vástago de mineros de Potosí, lo sabe. Por eso le realiza ofrendas para comprar sus favores. A sus pies quedan una botella de alcohol de noventa y seis y una bolsa de coca. Óbolo imprescindible antes de partir al corte, a la veta donde el trabajo ya espera.

Ha cumplido con los dioses.

Baña pies y fríos en humedades y se adelanta hacia el corazón del Cerro. Lo han exprimido cientos de años y aún la plata, el estaño, las venas metálicas de la Tierra manan sus fluidos.

El calor aumenta a medida que avanza. Es el vientre de aquella montaña que le digiere el alma. Arranca las entrañas para vomitárselas tórridas sobre las sienes. La mina se regodea en sus gotas ácidas de vida arrebatada.

Llega a su torno. Se encincha una cuerda despeluchada y se lanza a lo negro del pozo. Las paredes se restriegan a su espalda. Le rozan el pecho. Le arañan los hombros. Justo queda hueco para que su existencia se desplome veinte metros más abajo. Toca por fin el agua. Luego barro. Nunca verdadero suelo firme y suelo. Se desata y gatea hasta alcanzar su taladro, mazo y cucharilla.

El primer golpe siempre le rebota en los ojos. El claqueo metálico machacón le agota los brazos. La coca embolada en el carrillo le gotea oscura entre los labios. El mineral aparece sucio en una franja. Le desafía. El trabajo le emberrincha las manos, le embrutece y adormila en un tac, tac, monótono y sordo.

Las rocas caen. Empolvan sus labios. Se deslizan por la lengua para agrietarle la garganta. Le alambran de diamante los bronquios.

La plata mineral se desmorona opaca y sin brillo. El la amontona en bolsas. Las ata y las ve ascender un instante hacia un cielo vacío de luz más arriba de su cabeza. Una carga y otra y otra y otra… ¿cuántas horas? El sol del pequeño carburo, en lo hondo del pozo, es demasiado humilde para saber de tiempos, de minutos. Nunca oyó hablar de segundos.

Él, de estirpe de mineros, piensa a en cuando jornada acabe. Cuando el jornal le llegue, unos bolivianos para el trago con los colegas, otros para el regalo a la cholita, coca, alcohol para el Tío… ¿quedará algo para los hijos?

Ayer explotó un cartucho yLeonardo con él. Borracho no pudo correr lo que debía. Anteayer se desplomó el túnel de “La Negra”. Manuel no ofreció suficiente trago y coca en la mañana. La semana pasada fue… ¿a quién le reventó una roca la cabeza y cayó al fondo de un pozo? Ah, no. Fue a Gervás. Le rebosaron los pulmones con un vómito de sangre.

Las minas silencio y sales, polvos y la luz sin llama. Ahoras sin mañanas. Ataúdes minerales. Golpes de mazo y rocas desparramados sobre suelos de puche empantanados de desencantos.

Más coca que apaga los deseos, que aturde las ganas de vivir y le convierte en un espectro a la existencia .

Asi pasa la jornada.

Millones de toses más tarde, la traquea llena de carraspeos inútiles, llega la hora de la salida.

Se ata a la cuerda. Las brazos exánimes, se deja izar hasta la boca del pozo. Lejos se oye un cartucho. Explotó sordo en una galería lejana.

Rehace sus pasos, tuerce túneles, revienta charcos. Fuera la luz le mete sus uñas en los ojos.

Potosí se extiende abajo y lejano. Las casas se desparraman. Ruedan la ladera hacia valle llenos de aguas emponzoñadas de minerales, hacia la tierra sin dones de la Pachamama. La diosa ha huido de tanto desecho envenenado.

Extiende la mano. Caen unos billetes desde la del patrón. Baja paso a paso hacia más resignación para aguantar hasta otro mañana. Cuantas veces a pensado en reventar, morir y descansar. En los vientres oscuros y frescos de las vasijas de la tierra de sus antepasados. Pero ese momento, hasta ese instante, nunca ha llegado.

Se bebe de golpe una botella de alcohol puro. Sabe que la desesperación es el pago que el Tío les exige desde que los siglos tienen nombre de minerales. Se lanza en una carrera alocada cuesta abajo. El resto de los mineros le ve tropezar, rodar hacia el vació. Como un cóndor, cae y cae. Queda tumbado en el fondo del torrente. Todos se santiguan, pero antes de terminar con los gestos rituales, le ven levantarse y comenzar a caminar quebrada abajo. El Tío aún no ha terminado cobrar su deuda.

La carta

(c) Juan Peláez Gómez
Le gustaba sentir el tacto de aquella carta entre los dedos. Conocía al remitente y sabía a quien iba dirigida. Había deslizado cientos de ellas por la boca del buzón. Intuía que dentro de aquel envoltorio que transportaba cada semana, se desarrollaba la trama de una gran historia.

Con el transcurrir de los años había aprendido a distinguir las letras de aquel hombre. Unas veces eran grandes e hinchadas como soles, llenas de felicidad. Otras pequeñas, cuidada y móviles, idénticas a cometas surcando el sobre y, últimamente, temblonas, surgidas de unos dedos ancianos pero voluntariosos.

Había tardado todo un lustro en darse cuenta de la asiduidad del visitante de papel que se acercaba una y otra vez al buzón de aquella señora. Pero …

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Al otro lado de las gafas

(C) Juan Peláez

Miro detrás de la puerta y no vio nada. Nada como cada vez que miraba a alguien o a algo, nada. Sólo cuando le puso un nombre vio. En el fondo de la habitación, parapetado tras las sábanas y sus gafas, el abuelo.Autor: Pesare

Una lamparilla siempre encendida en la mesilla. Cada noche la luz dorada se le venía encima cuando se asomaba con un empujón pequeñito a la puerta entornada. Por el hueco observaba los brillos de los ojos cerrados y cubiertos por los cristales. Eran los reflejos de charcos. Rebosaban de las aguas en las que se zambullía su abuelo. No me las quito porque debo ver mis sueños. Su madre se reía. Ocurrencias de viejo, ni que fuera un submarinista. Su padre no se pronunciaba. Y a él le intrigaba como si su tato era incapaz casi de ver durante el día, trataba desenvolverse mejor en las oscuridades.

A su edad de niño era imposible que lo entendiese. Le hacían falta más años. La solución se escapaba de sus horizontes de esos momentos, soñar. Los sueños eran el único fluido ininterrumpido entre aquel ahora, lo que iba a ser y lo que fue.

Por eso el abuelo no quería perder detalle. Al otro lado de sus ojos, más allá del sueño iba y regresaba, subía y se tiraba desde donde le complacía hacia cualquiera de las olas y remolinos en los que el tiempo enreda los lugares.

Cada noche tras ir al baño, encender el faro de la lamparilla en la mesita, encallarse entre las mantas, hundir con movimientos de naufragio la dentadura en el vaso de desinfectante y darle las buenas noches con un beso de lija, el abuelo no se quitaba las gafas, porque quiero ver los sueños. Así se sumergía en ellos. Alargaba el cuello desplegando las arrugas para observar con detalle cualquier superficie áspera o lo contrario, cualquier olor o ruido. En esos lugares se podía oír por los ojos, ver a través de las orejas y respirar por medio de una caricia.

El nieto tras aquel ritual se iba a la cama. Le perseguían siempre ojos que flotaban en cristales gruesos con destellos. Luego se dormía con la luz encendida. También quería tener un punto de referencia para volver desde el otro lado. La lamparilla de la mesita toda la noche calentando la habitación para recibir cálida a la mañana.

A veces nieto y anciano se encontraban. Su abuelo aparecía detrás de un seto o le iba a buscar al colegio que sólo cuando el niño decía, mío, se transformaba en el que acudía a diario. Y el tato llevaba siempre gafas incluso algunas veces la dentadura. Algo que le sorprendía. Pensaba que la había dejado sumergida en el vaso de agua coloreada. Desconocía aún que era posible. Las palabras, mis dientes, obligaban al aparato a definirse en la boca. Palabras para crear, gafas para ver lo creado.

Ambos parecían dormidos, incluso muertos desde la realidad. Al. otro lado, juntos se paseaban de la mano calle adelante hasta el parque. El suelo lleno de hojas. Sus amigos jugaban a los montones. Marrón y amarillo en las aceras. Las gafas del abuelo se teñían del olor más profundo que susurraba el tacto seco de las hojas caídas en primavera. Las horas eran una fija, sin transcurso, sin paso, segundos, ni minuteros. Ni tampoco cena, ni madre que gritase, a la mesa. Ni colegio al día siguiente. Ni siquiera la aspereza en los ojos de los despertares. Abuelo y nieto eran listos. Ninguno hacía por acordarse de esas palabras. De un salto se iban al zoo, de un brinco al cumpleaños del primo y sus tartas. Uno se daba la vuelta y no se había girado. Se hundía en el mar y nadaba en la superficie de las nubes. Un chasqueo de dedos era un concierto y los aplausos lanzaban chucherías hasta el escenario. Allí el rojo era tan luminoso como el negro. El blanco sabía a ketchup y las verduras, cocimientos y pescados tenían forma de croqueta o hamburguesa. Todo eso y aún más si quería era capaz de ver el abuelo desde el otro lado de sus cristales. Los soportaban patillas de pasta quebradas que unían un papel celo. Una noche vamos a tener un disgusto. La madre gritaba cuando el anciano se levantó con la cara reseca llena de pasta-sangre marrón oscuro. Esa manía que usted tiene de no quitarse las gafas. La voz se quedó pegada para siempre al papel engomado que juntaba los extremos de la patilla. Uno de ellos se le clavó durante la noche. Debía encontrarse en medio de una aventura. Al despertarse con brusquedad, con sangre, herido y sin sus gafas no pudo recordar lo que había ocurrido. Mientras la madre le curaba el anciano cerró los ojos. Antes hizo un guiño al nieto. Y se fue. Puso apariencia de dormir, incluso su mejor disfraz de muerto. Quedo serio, muy serio hasta que la madre le colocó de nuevo las gafas. Pareció sonreír entonces. En algún lugar del ayer mientras pisaba la semana siguiente colocaba nombres a los seres. Así podía verlos.

El niño esperó a la noche. Aquella noche el abuelo le dejó ponerse sus gafas durante los sesenta minutos que tiene un pedacito de segundo. Miro a través de ellos y aunque al principio no vio nada comenzó a nombrar. El mundo se hizo al otro lado de los ojos, de las gafas, de la puerta, de las palabras.

Ciego

(C) Juan Peláez

En aquel viaje, como en su vida, veía mejor cuanto más cerraba los ojos.

Desde pequeño, al caer la noche, sus paisajes se iluminaban para rebosar colores y nitidez.

Había partido con la luz dela Indiaque aceraba los paisajes hasta el punto de borrarlos del otro lado de la ventanilla del autobús. Un poblado se convertía con rapidez en los gritos de los que saludaban y se quedaban atrás. El rumor de un río se confundía con los vapores a petróleo que le llegaban de manera permanente desde el cascajo del motor. Incluso el tacto del sol hería con polvo que se clavaba durante horas en sus pupilas.

La noche relajó el viaje. La atención se fugaba. La cabeza oscilaba de un lado a otro. Los baches bajo las ruedas, los charcos profundos en medio de la carretera le bamboleaban el cuerpo. El cuello tiraba del cerebro que parecía negar aquellas horas, incomodidades y cansancios, decía no, no, no. El viajero acababa por refugiarse en sus propias historias. Aún quedaba la noche entera para alcanzar Nueva Delhi.La Indiase deslizaba bajo sus pies, más abajo de las ruedas del autobús, en lo hondo de la historia que escribía en su memoria. Escribir era contemplar los relatos que se sucedían dentro de él. Luego traspasaban al mundo terrestre gracias a las formas que dibujaba en su libreta o en un ordenador. Pero esos trazos eran la puerta, la conexión con algo más profundo, misterioso, que sucedía en sus interiores. Contaría las correrías por aquel país, como había vivido el avispero de vendedores recalcitrantes del Taj Majal. Quizá el sacacorchos que se le introdujo en el intestino tras tomar un lassi con sabor a moho. Las cucarachas que no era capaz de ver y que desfilaban con dignidad y distinción sobre los marcos de las puertas de los hoteles de Varanasi.

Un bache más fuerte que los demás le produjo una nueva oscilación del cuerpo y la cabeza dijo, no. Preferiría recordar montañas y glaciares, verdura y humedad de torrentes. La noche le envolvía de noche. Los sueños le abrigaban con su manta de calor fantástico. Lo que sus ojos no veían su alma lo iluminaba. Así se negaba desde pequeño a decirse, futuro ciego. Si su visión con el tiempo y su enfermedad le devolvía al vientre materno para refugiarle en la apacible oscuridad, su voluntad ponía a trabajar a la sonrisa. La risa desenvolvía el oído, los sentidos todos. Al final las carcajadas desbordaban las luces que creaban historias. En cada encuentro de su viaje, un párrafo. En un día un capítulo, y cada aventura, un libro.

Rodaba hacia varios meses por aquel país. Los tomos de relatos se amontonaban dispuestos ya a salir de sus manos. Cuando se colocaba frente a la pantalla de un ordenador en un ciber café de SiKim, Hardewar, Risikesh o Ladak, percibía a sus amigos al otro lado. No era capaz de vivir sin la luz de los demás. Al alejarse de ellos, inventaba historias y personajes para que le acompañasen. La chica incapaz de ver su ombligo. Obsesionada acudía a playas, gimnasios, miraba a todos los humanos en ese punto mágico donde el exterior lleva a los adentros del hombre. Su mayor deseo era levantarse y descubrirse en medio del vientre la unión antigua con su madre. Pero sus ojos no veían por mucho que mirasen. La llamarían obsesa de pequeña, extraña de mayor. Sólo cuando bajaba los parpados se percibía idéntica al resto. La mujer sin ombligo comenzó a viajar. En el Tibet llegó a un monasterio cerca del Monte Kaislas, el ombligo del mundo. Un monje le abrió la puerta. El edificio se erguía en una ladera árida desprovista hasta de la palabra montaña, tal y como era  el paisaje en aquellas tierra.

En su celda, durante la noche, lloraba su desesperación. El hombre entró. Levantó su túnica. Acercó una vela que iluminó su vientre liso y sin mácula.

–         Hermana – la mujer levantó la vista – Sólo la pareja original creada por Dios, carece de ombligo.

Las sonrisas de ambos, de los hermanos del alma que se habían encontrado divirtió mucho al escritor y a todos sus amigos cuando recibieron el relato por las invisibilidades de Internet.

Otras veces sus historias partían de lo que vivía ¿qué contaría de aquel periplo por la iluminada noche india? Las sensaciones de su cuerpo machacado por días de zarandeo. Puede que la sed aguzada por la capa de polvo del camino.

Desde hacia años su vista se apagaba con la falta de luz. Cada segundo sus ojos se tornaban más hacia sus adentros.

Un bache le hizo saltar de arriba abajo. Golpeó las nalgas contra el asiento y su cabeza dijo, sí.

En su mirar apareció lo que realmente buscaba, una compañera. Le llamaba. Desde el fondo de la noche, le llamaba. Al abrir los ojos frente al sol de la falta de luz, supo lo que buscaba. Conoció las razones de su viaje, de todos los viajes. Desde el fondo del autobús, más allá del cristal, del extremo de la carretera que no se veía, del otro lado del Índico invisible su alma gemela le llamaba. Para crear aquella o cualquier otra historia ya no necesita ver. Entonces abrió los ojos, dio un paso y se agarró a la mano que le tendían desde aquella llamada. Con las alas de la sonrisa y sin mirar donde no debía, voló hacia ella.

La clase de idiomas.

 (Para que te rías un rato)

(c) Juan Peláez

Los muelles crujían a gritos. No era capaz de saber cómo podían chirriar tan alto, tan intenso,ne aquel lenguaje metálico incomprensible. De venga y más y toma y dale y sin descanso. Ella también se movía mucho pero los ruidos de su somier eran apenas un graznido ronco de láminas de madera que cedían.

Pegó la pared a la oreja. Se agarró a la repisita que tocaba el cabecero de su cama. Tiró de ella como si deseara que los ladrillos se la vinieran encima. Pronto tuvo el cuerpo tan cerca que pareció sentirse al. otro lado.

Los gritos que percibía acompasaban los gimoteos angustiosos de las piezas metálicas. Sus orejas abiertas, presionadas contra la pintura hacían lo posible por disicernir las palabras. No llegaba a saber si algunas de las onomatopeyas significaban algo más. Las frases le sugería siseos unas veces, otras un discurso a base de síncopes, cortes, ahogos, bufidos y exalaciones. Aprovechaba que muchas de las expresiones se sucedían varias veces. Asi podía asimilar la entonación, la cadencia hasta conseguir una perfecta pronunciación. Luego ya buscaría el significado en el diccionaro. Eso sería al. día siguiente en la biblioteca. En ese mometno debía decicar su atención, espíritu, inteligencia, ganas, voluntad, deseo desesperado a aprender. Cuando el silencio empezó a cubrir la noche retiro la pared. Dejó a sus brazos descansar y se alejó de la estantería. Fue entonces cuando se percató de la tortícolis. No era capaz de girar el cuello. Dos horas había durado la lección. Cuando los músculos se la congelabanen aquel rictus era porque había estado todo ese tiempo a la escucha. Las sesiones de una hora no la dejaban aquella rigidez. No la importó. Había merecedio la pena.

A las siete y media tomaba el ascensor. Su vecina con una sonrisa de satisfacción también. Un saludo ritual y cuando salieron al. portal, la muchacha joven meneó con soltura su minifalda ajstada y se perdió tras una esquina.

Era miércoles. Faltaba menos para el fin de semana. Iban a ser días importantes. Se desarrolaban cursos monográficos en la otra lengua. Un profesor se iba y el otro llegaba. El primero partía el viernes al. medio día. El otro llegaba siempre a casa de la vecina el sábado a la comida para repartir el lunes por la mañana.

Los avances que iba percibiendo eran alentadores. De seguir asi pronto realizaría su sueño. Desde pequeña siempre deseó viajar a España y a Francia. Su madre la repitió hasta despertarla el miedo no, no y no. Te engañarán, te harán lo que ni siquiera puedes imaginarte. Es el extranjero. Para ir allí hay que hablar su lengua, para entenderles y defender tu virtud y todo lo que una las honestas y mujeres deben proteger hasta su matrimonio. Ella lo había preservado bien. A sus cincuenta años la alambrada se extendía a varias hectáreas antes de poder alcanzar sus virtudes. Pero aquellos se iba a terminar. Tras dos cursos de aplicarse en los estudios aquel verano sería el momento. Compró su billete para Madrid. Luego iría a Paris antes de regresar.

Pero antes debería pasar un último examen que se llevaría a cabo el sábado siguiente. Los nervios no la permitieron casi ocuparse del francés durante la semana hasta la madrugada del domingo.

Llegaron muy tarde. Tanto que creyó que la clase iba a suspenderse. Pero se trató de un retraso. A la una el primer aplastamiento de muelles la indicó el inicio de la sesión. El profesor nativo diría la primera frase y ella bajito le respondería. Empezó él. Qué rico, contestó con rapidez. Otra expresión que ella completaría con una vamos allá, hasta dentro. La interrumpió algo que no comprendió bien pero recurrió a una socorrida muletilla, ahí, así, así. El enseñante estuvo deacuerdo y la felicitó por la diligencia que demostraba. Decidió lanzarse a las interrogativas y lo hizo con un, continuo. La frase asertiva de él la reafirmo para proseguir con un verás que bien, despacito, ahora dale, dale, dale. El hombre parecía encantado. Expresaba sin recato su júbilo ante los progresos experimentados por la alumna. Y ya verás ahora, se atrevió a añadir ella. Porque me pones, aseguró para que captara su motivación por el método didáctico. Derivó entonces hacia registros más especializados, eres una máquina, estás como un tren, utiliza tu ariete para romperme, me encanta tu obelisco tan bien erguido. Y el español absorto ante la riqueza del vocabulario se le abrían las carnes de gusto y parecía hasta llorar. Ella ecidió rematar la lección con un, ahora verás lo que es bueno. Fuerte y rápido y le soltó sin a penas respirar, te voy a romper, dámelo todo, come, qué gusto, ya, ya. Decidió finalizar con algo religioso que siempre daba un toque espiritual y de buen gusto a las conversaciones, Dios mío, llegué.

Todas las frases las había pronunciado a sotovoce y al. mismo tiempo que lo hacía su vecina. Agotada por tal esfuerzo de concentración retiró la oreja de la pared y aquella noche durmió satisfecha. El resultado lo consideró excelente. Hablaba español. Se aseguró sin ninguna duda. El test de francés ya lo había pasado hacía algunas semanas. Con aquellos dos idiomas y tras treinta y tres año de espera y ahorro iría a Francia y a España.

La llegada de aquella jovencita a la vecindad había despertado sus esperanzas. Si se incribía en una academia gastaba el dinero del viaje. Si viajaba no tendría suficiente para abonar las calses de idioma. Su madre la había obligado a jurar ante su lecho de moribunda. Ella le prometío como buena hija que preservaría su mayor tesoro y que no se desplazaría a lugar alguno sin desenvolverse en la lengua necesaria. Asi se vió perdida. Su puesto de flores en la calle no daba para más que una opción o clases o turismo. Cuando la joven llegó al. apartamentode al. lado y descubrió que acogía en él acompañantes de diferentes nacionalidades, tuvo la convicción de que el destino le había hecho llegar la oportuniad. Se aplicó cada noche que había cursos hasta tener el dominio prometido.

Cuando desembarcó del avión en Madrid hizo cola en la aduana. Me enseña su pasaporte, Yo a tí te enseño lo que tu quieras corazón. Se expresió muy seria y con una pronunciación implecable. Gimió incluso como hacía su profesor al. final de aquella frase. El policía arbió los ojos sorprendido. Le había dejado estupefacto con su buen español. El hombre la estampó el sello y continuó mirándola mientras iba hacia la cinta de equipajes. Tras recoger las maletas se enfrentó al. primer problema. Metro era una palabra que desconocía. Nunca había sido empleada por su maestro. Se veía que era hombre de posibles y quizá sólo se desplazaba en motos, caballos y trenes. Eran los medios de transporte que más aparecían en sus conversaciones. Tuvo que recurrir a una perífrasis que ya tenía preparada. Preguntó al. jovencito de la información, cariño como puedo meterme en las entrañas de ese tunel que va y viene, que viene y va. El chaval con el dedo temblón y parapetándose tras su carpeta la indicó un por ahí, por ahí. En su segunda intervención con los indígenas del pais se dió por satisfecha. Su dominio de la lengua era perfecto. Mientras se entretenía en tan reconfortante pensamiento sus pasos la llevaron a la taquilla. Solicitó un billete de forma amable y eficaz. Me da uno de esos papelitos que debo meter en la raja para espatarrar la puerta y entrar hasta dentro. La taquillera perpleja no tuvo claro si se trabata de un bono. La inquirió, uno de diez, Si sólo diez porque hoy estoy reventada aunque satisfecha, aunque mañana seguiremos la cabalgada.  La empleada le lanzó el billete y se alejó del cristal blindado. A otra que he dejado sin palabras y bajó las escaleras mecánicas con una sonrisa en los labios.

En Sol se fue hasta la calle dela Montera. Allíescogió una de las pensiones.Subió a la entreplanta. Detrás del mostrador una camiseta pegada con la goma de los calores veraniegos sostenía a un hombre sin afeitar, colilla caída sobre los labios amarillentos y voz rota de alcoholes y vida desordenada. Le preguntó por el objeto de su presencia., mira quiero un catre en el que si cabalgo no le giman los bajos. Ella detestaba las camas ruidosas. Deseaba una que no chirriase a cada vuelta que realizara en pleno sueño. Porque se movía mucho, mucho, le explicó al. recepcionista. Soy como una máquina. Cuando me pongo me empleo a fondo y hasta dentro. Por eso se lo digo. El hombre de aquella calle, de aquel recinto, no le dio importancia a las afirmaciones. Me entiende. Si, cladro rica. Cuantas horas van a ser. Todas las que necesite esta noche para quitarme este fuego del cuerpo. Desde que me puse el avión bajo las piernas esta mañana no he parado. Ya, ya, mira a mi no me tienes que dar explicaciones. Pago por adelantado. Recibió una llave tras depositar el dinero en el mostrador.

El cuarto se alejaba del lujo a la misma velocidad que se penetraba en él. Las vistas del edificio de enfrente hacian claudica cualquier intento de glamur. Una fachada con desconchones debía iluminarse de amarillo la noche. Una farola colgaba su brillante telaraña al. sol pegada al. muri desportillado. Cuando a penas había deshecho la maleta el primer gruñido. Le era familiar. Un ay que rico y supo que la lección empezaba. Pegó la oreja. La suerte la acompañaba en aquella pensión que ofrecía aquel servicio gratuito a sus clientes. Se tataba de un franccés, precisamemnte la próxima etapa de su viaje.
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El diablillo que conoció a dios

(c) Juan Peláez Gómez
José encontraba siempre curiosidades, extrañezas, maravillas. Miraba donde los demás no lo hacían. Quizá en los mismos lugares pero de manera diferente. Debajo de la cama se topaba con océanos, veleros, cavernas submarinas que le llevaban al centro de planetas por descubrir. En el fondo de los guardarropas descubría túneles hacia el espacio, naves interestelares y seres de mundos estrafalarios. En los pasillos oscuros los monstruos y las hadas, elfos y magos, dragones y guerreros, se cruzaban en su camino.
Aquella tarde iba a …



La fuerza de todos los nombres

(c)Juan Peláez Gómez
Allí a la lluvia la nombraban de otra manera. No se veía apenas el otro lado de la carretera. Ni siquiera el fango de la calzada. Todas ellas miraban los árboles próximos que se silueteaban sobre el fondo gris. María da Soledades, Lucia Angelica, Isabeliña do Santos Mares y Maola as Fungairiños i Ascensión, todas ellas mujeres, ninguna, pese a la apariencia de sus nombres, monja. En otro lugar se podrían haber llamado la Vane, la Mari, Lulú, Mimí, Wollena o Maogorzata. Pero ninguna la madam, patrona o jefa, porque esa sólo existe una en cada plaza y en este caso era María as Fundaciones.

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Tres cuentos de humor

Restaurante de verano

(c) Juan Peláez Gómez

En un restaurante medio lleno, bajo un enorme pez espada colgado de la pared, la familia Peripoco. Más allá, hacia los ventanales que daban a la playa, se sentaban el caduco Alfredo Bussines y su última “partener”, los Chulipández, Juanito Aparento y Cía, los New-Ricos, quiero y no puedo y sus odiosos niños, los Alpargatez -que habían tenido un buen año de ventas en su fábrica de confección de alpargatas. Se apelotonaban alrededor de las mesas recubiertas de un papel blanco a guisa de mantel.El-Chef-La-Receta-de-la-Felicidad2

Eduardín, quiero y no puedo, se impacientaba. Veía a sus churumbeles ponerse nerviosos. Arrancaban a trozos de las servilletas para confeccionar pelotillas, que tras ser chupeteadas, salían disparadas a la búsqueda de su objetivo: el cráneo barbilampiño del señor Alpargatez. Llevaban sentados más de media hora.

—¡Por Dios qué hambre!. -Se dolía la madre de los chavales pelotilleros-. ¿Has visto a aquellos? ¡Qué groseros!

Miraban a la mesa del fondo donde Mr. Bussines besaba cariñosamente a su vetusta conquista. Se la había traído de Madrid para pasar unos días de “descanso”. Tirando de sus sesenta años, acercó las enormes ojeras, que le habían aparecido tras la primera noche que llegaron, y de su boca hacia la mejilla de su compañera. Le soltó un sonoro beso. ¡Qué efusividad! Notó como se le aceleraba el marcapasos. ¡Os fastidiáis de envidia!. -Decía para sus adentros, mientras se sujetaba la parte de arriba de la dentadura. Había salido expelida con el aire comprimido de aquel embate amoroso. En sus labios quedó la marca sensual de un maquillaje espeso. Se sentía bien. Los años no pasaban. Seguía siendo “semental-man”.

Enfrente de los ventanales, los camareros esperaban impasibles la salida de los encargos. Unos apoyados en la espalda. Otros, en la posición flamenco posaban un pie en la pared mientras miraban chulería y chupeteaban un palillo. El resto, sentados, leían el periódico.

Ante este cuadro, el marido de la señora Peripoco, le dijo a su esposa, tocándole el brazo:

María, esto lo arreglo yo, no te preocupes.

—Mira José, no te sulfures que luego nos das la tarde con la barriga.

Sus dos hijos, que pretendían ya a sus pocos años emular, eclipsar, la fulgurante carrera del padre dentro del sindicato de los gordos, quedaron expectantes. Era su obeso padre. ¡Ya verían los camareros!

Con pasos decididos llegó a la troupe de sirvientes que le miraban con plena serenidad y desprecio. “¡Vaya viaje más tonto que se va a dar este elemento!”, rebotaba entre las visuales de complicidad que se lanzaban unos a otros.

Peripoco llegó. Les retó con su aplomo de perota de anuncio de colonias y… bajando la voz les explicó que ya llevaba un buen rato esperando y que si eran tan amables y no les causaba ninguna molestia, le gustaría, no por él, claro estaba, sino por sus hijos, que le sirvieran el primer plato.

El “metre” con un si, si, si, si, le propinaba golpecitos en la espalda mientras le empujaba. Le arreaba como si fuera un gorrino, hacia su mesa. Una vez en ella:

-¡Me han oído! ¡Has visto como me ha tratado su jefe! Enseguida se han dado cuenta de con quién hablaban ¡Es que la clase se nota! ¡Me han dicho que nos servirían los primeros!

Los hijos ante tal derroche de poder, abrieron un pelín más sus diminutos ojos porcinos.

Los New-Ricos desde el fondo de la sala, con el cuello estirado, miraban por encima del hombro y sentían desprecio por aquel acto tan vulgar. Ellos habían venido a ser servidos. Adolfo, levantó la mano y uno de los camareros que ocasionalmente pasaba por allí camino de las toilettes, se detuvo al ver a aquellos seres tan envarados. ¿Estarían enfermos?

Adolfo sonrió levemente a Patricia. ¿Has visto?, le comunicaban en silencio sus ojos.

El camarero le preguntó que si le ocurría algo, pero solo oyó:

—¿Tiene langosta?

—Pues claro.

—Está bien. Una sopa de fideos y unos huevos fritos.

Pepe, opositor a metre y aficionado al dibujo, garabateó en una agenda la caricatura del “marqués”, y con un enseguida, se marchó.

Pero ellos se dieron por satisfechos.

De la cocina, salió algo que humeaba.

—¡Nuestra paella! -señores Peripoco.

—¡Vaya, ya era hora! -A cargo de la partener del señor Bussines.

—¡Ya tenemos la sopa! – Interpretado a coro de cuatro voces por la familia Chulipández.

—¡Por fin nos traen la pitanza! -New-Ricos utilizando la última expresión de moda en su pueblo.

Alborozo simple entre los Alpargatez.

—¡Qué bien! -Gritó pelado y desabrido de los niños “Quiero y no puedo”.

Sin embargo, todos quedaron extrañados al ver pasar al metre con unos cupones.

—A ver señor ¿cuántos quiere?

—Cuántos quiero ¿de qué?

—De cupones para la rifa.

—¿Qué rifa?

—La de la paella.

—¿Cómo, es que nos la regalan?

—No, no, por si tiene la suerte y comen ustedes o siguen esperando.

—¡Me cago en… !

—¡José!, los niños. – Saltó rápidamente la señora Peripoco.

—Venga deme una – tuvo que pedirle por no contrariar a su mujer, con cara de asco y taco reprimido-.

—¿Sólo una?

—¡Pues deme todas!.

—Tampoco es necesario abusar. Dos por mesa.

—¡Leche!, véndamela ya, que se va a enfriar la paella.

—Si, señor, son seis euros.

—Pero qué dice, ¿encima tengo que pagar?

Usted verá.Seiso me las llevo a los siguientes.

—Vamos, paga y cállate. Que estamos dando la nota -le dijo María con sequedad.

—Pero…

—¡Qué pagues!

Y él pagó. Conocía a su mujer y aquel tono de fiero. Era mejor acatar la orden. Farfullando, le entregó dos billetes al camarero y recibió a cambio sendos papelitos.

Cuando por fin el “metre” se fue, él siguió soltando groserías ante la estupefacción de sus hijos; intercalando una y otra vez:

—¡Y encima vaya números! El 13 y el 0.

Todas la mesas se pusieron nerviosas, con exclamaciones, gestos agrios y un arrebato del señor Bussines que intentó agarrar por el cuello al vendedor de papeletas. Pero afortunadamente todo finalizó con bien.

Sin duda alguna, los más contentos, eran los niños. La rifa les gustaba.

La paella se enfriaba. Los Alpargatez comenzaron a gritar para que empezara la función.

Las palmas de los camareros comenzaron a sonar. Así forzaron un silencio. ¡Qué expectación! La babilla caía a raudales. En unos momentos, unos minutos más, aquellos granos de arroz serían triturados por sus dientes. Todos se sentían ganadores. Apagarían el ansia acumulada desde hacía más de un par de horas.

Una bolsa y una mano inocente, la del cocinero. Apareció entre las dos puertas correderas que separaban la cocina del comedor. Al fin un número sujeto por un par de dedos peludos.

Al señor Quiero-y-no-puedo se le desencajó la mandíbula. El camarero que se encargaba de leer el número era un profesional del tema. Sus técnicas para crear incertidumbre y una espera ansiosa eran impecables.

—¡EL SIETE!

Risas y llantos. Tacos y felicidad.

Los Quiero-y-no-puedo se convirtieron en los más dichosos de la sala. Hacia ellos venía el manjar. Los demás envidiosos -y por su envidia eran castigados—tendrían que esperar.

Eran las cuatro de la tarde. El sol daba de pleno en la arena de la playa al otro lado de los ventanales. La faena se había levado a cabo.

La señora Quiero-y-no-puedo vio la paella de granos blanquecinos y bendijo la mesa. Su queridísimo marido y amantísimos hijos – como rezaba una chapa de bisutería de buen tamaño que colgaba de su cogote- estaban hasta más arriba del paladar de este retraso.

Terminaron la ceremonia e iban a comenzar. Pero ¿Dónde? ¿Con qué?. No tenían platos, ni los demás útiles imprescindibles.

Azarados no sabían como actuar: ¿Era una costumbre de ese restaurante? ¿Se habrían metido en algún comedor exótico por equivocación? A Eduardín le miraban su mujer e hijos. Intentaba aparentar que todo estaba bajo control.

—Bueno… pues… os parece que pidamos unos platitos. A mi estas costumbre raras de los egipcios no me hacen ninguna gracia.

Los niños, sin embargo, opinaban justo lo contrario. Sin embargo, la idea del padre se impuso.

El resto de los comensales les miraba ¿Por qué no empezaban?

El señor Bussines, que se dio cuenta de lo que sucedía, se cogió un rebote aún más gordo.

—Pues si fuera yo, me lo comería sin plato.

Su acompañante le espetó un:

—¡Qué basto eres!

Llamaron a un camarero que se acercó de mala gana. Con lo bien que él se encontraba de cháchara con sus compañeros.

—¿Desean algo?

—Verá usted…. nos gustaría… aunque en su país no sea costumbre… unos platitos… y unos tenedores…. Todas esas cosas que se utilizan aquí en España.

—Primero, soy de León, esto es un restaurante valenciano y como ustedes quieran, pero van a parte.

—A parte de qué. —Quedó extrañado Eduardín.

—Seis euritos por los cuatro platos y dos más por los cubiertos. Además entran en la rifa final.

En el resto de las mesas comenzaron a gritar. Los primeros fueron los Alpargatez.

—¡Si no quieren la paella, que nos la pasen!

Jenara como siempre, rápida de reflejos, le replicó al camarero:

—Si, si, tráigalos, no se preocupe por la cuenta.

El camarero regresó a los cinco minutos. Dejó los instrumentos amontonados encima de la mesa. Mientas, Eduardín, con la mirada fija en la pared intentaba encontrar un esquema lógico donde encajar todo aquello… era incapaz de hallarlo.

De la puerta de la cocina salió una sopa de pescado. Esta vez les tocó a los Chulipández. Los New-Ricos torcieron con elegancia la boca. Eran incapaces de realizar otro movimiento, la tortícolis de mantenerse tan tiesos les había anquilosado las cervicales.

Peripóquez intentó irse, pero la sedición de su mujer e hijos y sus alegatos sobre el dónde iban a encontrar un restaurante abierto a aquellas horas, se lo impidieron.

A Alfredo Bussines le regañaba su acompañante, que al gesticular, producía desprendimiento de su capa de maquillaje en las simas profundas de sus arrugas.

Los niños New-Ricos empezaban a perder la compostura y su madre tuvo que retirar a uno de ellos del borde de la mesa, porque hambriento roía un trozo de mantel.

Las barrigas Peripoco gruñían.

Por fin, tras una hora y media, todos movían el bigote, sin diferencia de que éste aun no hubiera nacido, estuviera depilado o no. Especialmente el señor Bussines. Meneaba las mandíbulas propias y las protésicas. Con el ansia, se atragantó con una hebra de espárragos y comenzó a toser y a dar golpes en la mesa y a gritar:

—¡Me ahogo! ¡Me ahogo!

Su palomita, en vez de preocuparse, continuó la comida mientras le perdigoneaba palabras entre restos de comida.

—¡N’osageres! ¡Tol mundo te mira!

Pero ella comenzó alarmarse cuando le observó con un tono azul-verdoso.

Entonces pidió agua y Pepe, el camarero, rogó que le dejaran en paz, porque ¡vaya día!.

—¿Qué quiere la “señora”?

—Agua. ¿No ve que se ahoga mi marido?

—Bueno, pero va aparte.

—¡Da igual, da igual!

—¿Con gas o sin gas?

—¡Oiga! ¿y yo qué se?

—Ahora mismo le traigo el agua para “su marido”.

A los cinco minutos, Pepe había cumplido su palabra.

Alfredo bebió y al borde de la asfixia consiguió recuperarse. En cuanto tuvo resuello, se abalanzó de nuevo sobre los alimentos para continuar devorándolos.

En el resto de las mesas, indiferentes al problema, habían terminado con el primer plato. Con tanto retraso seguían con mucha hambre. A aquella hora, las seis de la tarde, se juntaba la necesidad de alimentos arrastrada durante toda la mañana hasta las dos, el apetito desmedido de una comida inconclusa y el gusanillo de la merienda

Salieron los segundos platos. Rifa de rigor. Seis euritos y gritos e interpelaciones.

Antes de poner los servicios en las mesas, quitaron los manteles y los doblaron cuidadosamente.

Los comensales se quedaron asombrados. ¿Cuál sería la oculta razón?.

—¡Qué limpios! – gritó el señor Chulipández. Nos van a poner uno nuevo.

Pero vieron como salía el hombre de las papeletas tocado con un gorro de judío y frotándose las manos ávidamente.

—¡La hemos liado! – dijo Mr. Bussines-. Ya está ese ahí.

Los ávidos y brillantes ojos del rifador se fijaron en los comensales y exclamó en voz alta:

—A ver, los que quieran mantel que levanten la mano.

Un bosque de brazos se elevaron hacia el cielo.

—A euro y la voluntad el mantel limpio y a cincuenta céntimos con lamparones.

El señor New-Rico perdió por fin la calma:

—Luisa ¡me voy a cagar en su padre! Esto parece Sierra Morena.

Los Quiero-y-no-puedo decidieron no coger mantel, nunca lo habían utilizado. Con el hambre que tenían no iban a reparar en aquella estupidez.

Entonces un par de camareros llegaron y les quitaron la mesa.

—Pero ¡oigan! ¿qué hacen?

—Si no quieren mantel, tampoco necesitan la mesa.

—Bueno pues traiga el mantel. – Tuvo que transigir el señor Quiero-y-no-puedo. Ante los sollozos de sus vástagos que, además, afirmaban que su padre no quería darles de comer.

—¡Vaya berrinche que les estás dando a los niños por tu tacañería! ¡Dale lo que te ha dicho al camarero!

—No señora, ya ha subida cincuenta, por el reengancharle la mesa. Como la Telefónica.

Eduardín verdeaba de rabia.

Bussines le dijo por lo bajinis al camarero:

—Para mi uno de cincuenta pesetas.

Se lo trajeron. Se veían en él la firma de Napoleón y una mancha de tomate que hizo Noé.

Su ligue asqueaba, al ver la costra amarillenta de aquel nido de infecciones, le miró de medio lado con cara de repugnancia.

—¡Tío tacaño!

Él enrojeció avergonzado.

El segundo plato consistía en un sopicaldo con trompicones irreconocibles.

Se comenzaron a oír sorbos. Los Alpargatez no pagaron el importe de de las cucharas y bebían, con gula, directamente del plato.

La señora Aparéntez despegaba con el dedo, los residuos adheridos a las paredes del plato y cuando alguno se resistía, lo restregaba contra la esquina de la mesa. No se podía desperdiciar nada. El hambre hacía estragos. Incluso el padre de los Alpargatez contó a sus hijos la historia del ventilador integral-galáctico fantasma. Cuando su mujer e hijos miraron hacia arriba, metió la mano en los respectivos platos y con disimulo les fue quitando los trompicones.

Acabó el segundo. Seguía el espectáculo.

El postre se encontraba repartido en dos barreños. En uno ocultas entre el yeso, las manzanas. En otro, flotando en el agua, las naranjas. Un solo afortunado por mesa que durante quince segundos probaría a sacar de una mordida una pieza de recipiente con líquido y luego una del otro.

Empezó el señor Chulipández rodeado por el resto de los comensales. Se sentía azarado poque comenzaron a a meterle prisa. Dobló el cogote y se lanzó desesperadamente a la caza de la naranja. con el chapoteo y el nerviosismo, se mojó hasta los calcetines. Luego fue al barreño de yeso y su cara, tras breves momentos, pareció una cana gesticuladora. Alcanzó otra fruta y se fue a su mesa con ella.

—¡Viva! ¡Muy bien papá! –Le felicitaron sus hijos.

El yeso comenzaba a solidificarse. Al entrar en contacto con el agua, se convirtió en una pasta albañilera que tiraba de la piel que la sujetaba.

La mujer del hombre estatua, comenzó a quitarle trozos de la máscara y él, a cada tirón, gemía. Por fin, llegaron al ojo.

—¡Que me lo sacas! -Tuvo que protestar desesperado. Pero ella siguió estirando.

De pronto un ¡Chop! y Jenara cerró los ojos creyendo que tenía uno ajeno entre sus dedos.

Tras un rato y cuando se decidió a mirar, en su mano sólo aparecía un trozo de yeso blanco. Respiró tranquila.

En las demás mesas la escena se repetía.

Bussines seguía diarreico perdido. Dejaba caer sus deyecciones de vocabulario sobre las familias de los camareros.

Los Peripoco no pelaron ni las naranjas. Les daban dentelladas.

Los niños New-Ricos se pegaban encima de la mesa por un gajo fantasma que parecía no pertenecer a nadie.

La señora Quiero-y-no-Puedo, se frotaba con la cáscara de la manzana “Dime con qué te frotas y te diré cómo lo tienes”. Lo había oído en el consultorio de la “señora Prínguez” dentro del famoso programa de “Las Comadres”.

Un sonoro regüeldo dejó en silencio la sala.

Todas las cabezas se volvieron hacia él. Él era la estrella. Hollywood le había enseñado, le había convertido en: Chulipández.

¡Que bestia, guarro (y sus derivados), bárbaro…! y otros muchos delicados calificativos oyó del resto de los comensales.

—¡Los árabes dicen que es de buena educación! – Intentó disculparse.

—¡A cierta gente no debían de dejar entrar en los restaurantes de postín! – Manifestaciones de la señora Chulipández a un corresponsal extranjero.

Por fin ellos creían que todo acababa.

El “metre” anunció que la casa les regalaba un purito. Esto a los señores les alegró el ánimo.

Le vieron salir con una caja y se la ofreció al señor Bussines. Abrió la tapa con una sonrisa que cortó al instante, como el limón a la leche. Sólo había uno. Reaccionó rápido y lo cogió enseguida. Los demás que se buscaran la vida.

Lo encendió. Una chupada. El inicio de otra y… alguien de un tirón le arrebató el cigarro. Era el “metre”.

—Es justo, señor, que los demás también fumen.

Y se lo pasó al señor de la mesa de la lado.

—¿No irás a chupar eso? ¿Verdad, Manuel?

—Hija es gratis vamos a aprovechar. – Fue el comentario entre los Peripoco-.

—¡Oiga que ese ha dado dos chupadas! – Se oyó decir al señor New-Rico.

El “metre” le puso de rodillas. Efectivamente el padre de los hijos legales de la señora Peripoco lo había hecho y no pudieron recurrir la sentencia. Tuvo que aceptar el castigo y colocarse en un rincón, soportando el despecho de su mujer y prole.

Café no quedaba, pero si infusiones y todos las pidieron para así molestar a los camareros, que no parecían tener muchas ganas de hacerlas, ni de servirlas (esto último, mucho menos).

Pero eran muy profesionales. Todos desaparecieron tras las puertas de la cocina. Al rato, un camarero apareció transportando una bandeja humeante con vasitos de líquido amarillo.

Los demás salían detrás. Unos escurrían los calcetines mientras andaban descalzos. Otros se colocaban la prenda anterior a la pata coja. Estos hechos y que, quizá accidentalmente, el último en salir se iba subiendo la bragueta, hicieron palidecer los rostros y desistir de beberse la infusión.

Tras un “pinto, pinto qué marroncito” y un “Alea jacta est”, pronunciado por New-Rico, quedaron designados los miembros del “comando suicida”. Los kamicaces que entrarían en la cocina para dedicarse a la agradable tarea de mojetearse las manos entre la grasa de las cacerolas. Alguien tenía que fregar y no iban a ser los camareros que llevaban todo el día de trabajo.

Salió un hombre, personaje por otra parte nuevo, con una bata blanca que por delante y por detrás llevaba impresas unas cruces rojas. De su cuello colgaba un fonendoscopio y en sus manos un tarro de nitrato de amilo. Ya habían ocurrido algunas veces infartos.

Tras él, el “metre”, con una pistola en una mano y las cuentas en la otra.

Bussines tras el desembolso se volvería en auto-stop a la mañana siguiente a su pueblo.

Peripoco, les dejó en prenda sus escrituras de los terrenos de Chinchón.

Más afortunados fueron los New-Ricos que, tan sólo con desprenderse de sus Maurice-Lacroix, dejaron saldada la cuenta.

Los Aparéntez y Cía, por el síncope, todavía, amnésicos perdidos, deambulan por el Alonso Vega.

El señor Chulipández llegó a un acuerdo con los Alpargatez. Todos juntos trabajarían en la fábrica de los últimos durante trescientas noches del año y ampliarían su crédito hipotecario.

Felices, no fueron capaces de volver a comer perdices en su santa “life”.


La clínica

(c) Juan Peláez Gómez

De allí, todos salían con el físico curado. “Doctor López y Asociados”, rezaba en un cartel pequeñín sobre una puerta grande y CargarImagenacorazada.

A su derecha, en fila de a uno y en un silencio tétrico, se alineaban los pacientes desde hacía horas.

Lejos aún, se veía venir a Purificación, la secretaria de la consulta. Se acercó al pelotón de los que esperaban. Ellos la miraban cabiz-vueltos. Algunos, ya la conocían (sus rostros se convertían en un sudario blanco y húmedo), otros recibían codazos, “es ella”.

Al llegar a la altura del último, la fila comenzó un desriñoreo progresivo. Incluso, los artríticos, a pesar de los dolores, ponían su frente paralela al suelo. Ella se lo merecía.

Según pasaba, saludaba amablemente a los conocidos: mejor, tirandillo, ¡pse!, Eran las respuestas a su ingeniosa pregunta, ¿Qué tal?

Abrió la puerta que gruñó por el esfuerzo tempranero. Los clientes entraron. Con disciplina se dirigieron a sus respectivas salas. Los nuevos y acompañantes, bajaban por una escalera retorcida hacia un sótano profundo. Los urgentes y enchufados, a un cuarto de no más de un par de metros cuadrados en la planta superior. ¡Cómo se agradecía entrechocarse, allí, de pie, con el frío que hacía fuera!

Pero siempre había algún “nota”. Genaro, que acababa de llegar, intentó realizar una burda maniobra envolvente y adelantar varios puestos en la cola. Purificación le vio. Era una fiera del trabajo y en los seis años que cumpliría en aquella clínica el día de San Valentín, nadie, nadie, se le había colado.

Fue hacia el buen señor. Él, en su preocupación por hacer la maniobra, no se dio cuenta que ella se acercaba. Le agarró de una oreja. Le quitó la boina y con ella se lió a darle mientras le arrastraba hacia un rincón. Genaro se quiso revelar, decirle que aquellas no eran formas. No lo hizo. Desistió a la vista los ojos culebreados de rojo de la secretaria e intimidado por los gritos del público que le acusaban. Se fue a la esquina y se colocó con los brazos en cruz como le indicaron. Purificación se volvió. Formó uves con los dedos. Su público la aplaudió.

Los doctores han llegado, le decía Eduardín a Susanita, con la que hábilmente se había colocado en la sala de arriba. Allí, de pie, le daba besos furtivos y ella giraba su cara enrojecida. Eduardín, que nos miran! Pero antes de que el pudiera contestarla y en pleno embate amoroso, se abrió la puerta. Pequeña, escrutadora, sin piedad, pasó la vista por todos los allí hacinados, hasta que detuvo su mirada en él. Él, supo que había sido descubierto. De miedo su estómago serpenteó sobre los intestinos.

“¡Tú!”, un dedo, terminado en una uña rojo tortura le señalaba. Se acercó a la secretaria y… recibió un cachete. Empezaron los reproches del resto de la sala. ¡Será jeta, y todo por hacer porquería con su amiga!, gritaba un estirado de pelo engominado de Valladolid. No, si se le veía la cara de delincuente y drogadicto, comentó entre otras muchas cosas el señor del traje raído y oscuro, mientras aprovechaba para lanzar diatribas contra la situación nacional.

Eduardín, pasó a hacer compañía a Genaro. Se miraron con resignación.

Llamaron al timbre y entró una pareja bien vestida. Un ejecutivo poca monta y su parienta. Ella se envolvía en un abrigo de piel de conejo sintético, con estola de pelos de fregona del Senegal. Pensó con rapidez la secretaria

La miraron por encina de sus importantes hombros. Puri impasible. No era el primer caso. Era la segunda vez que venían, no habían llegado a conocerla bien. “¡Me da la cartillita de las citas!”, les dijo, aguda y dulcemente mientras les miraba con malicia.

Abrió un bolso de charol, rebuscó entre mil enseres y le extendió con clase, y entre dos dedos, el documento. Tras entregarla fueron a meterse en la mini-sala de arriba y “¡Quietos ahí!”, sonó a su espalda. “¡Los acompañantes abajo!”.

—Oiga usted yo quiero estar con mi mujer.

—¡Ah!, sí. A ver Genaro te levanto el castigo si bajas a este señor, !YA¡, con los acompañantes.

Como no, Genaro se levantó medio cojo, se le habían entumecido las rodillas.

—Vamos para abajo -le soltó mientras le empujaba.

—A mi usted no me toca – le replicó el yuppie.

—¡Qué ‘ice! -se encendió y le comenzó a dar gorrazos.

El ejecutivo retrocedió y justo cuando se encontraba al borde de la escalera, Genaro le dio un patadón que, según las leyes de la relatividad, envió de manera instantánea a su oponente al sótano.

Se volvió satisfecho y miró a la secretaria, quien se le acercó, le dio unos golpecitos en la clava. Sacó un terrón de azúcar y se lo metió en la boca.

—Bien, vuelve dentro y mete a esta señora. Otra cosa ¿Mi Genarín va a volver a ser malo y me va a enfadar?

—No, no – decía él, con la cabeza doblada sobre un hombro.

La esposa atónita, aterrada, no era capaz de decir nada.

Abrieron la puerta de la sala. Dos o tres de sus ocupantes, salieron despedidos hacia afuera por la presión de todos lo que se encontraban dentro.

Genaro se colocó tras de la señora. Comenzó a empujar y metió a los que se habían salido, entró él y aún sobraba sitio para media persona más.

—Esto es morirse. Me aplastan. Estoy achicharrado. Aquí huele a humanidad – chismorreó indignado, un funcionario que se encontraba en medio de la habitación.

Purificación empleó su técnica.

—Háganle un pasillo por protestón.

Todos comenzaron a propinarle cachetes hasta que se calló. Ella cerró la puerta y se sintió bien. Nada como el deber cumplido.

Uno de los doctores salió a preguntarle cuántos pacientes tenían hoy. Ochocientos veintidós. Eran las 9:30 de la mañana. A Don Federico se le pusieron los ojos en blanco. Cuántos cientos euros suponía aquello. “¡Que empiece espectáculo”. Y se retiró a su despacho con los brazos en alto.

Sonó una campanilla. Subió un paciente del sótano intentando acostumbrarse a la luz y otro del receptáculo de arriba salió despedido por la acumulación, con tal ímpetu que se estampó contra el muro de enfrente.

– Puerta número dos y tres respectivamente – les dijo Puri.

Un Sr. de abajo asomó tímido la cabeza entre los escalones.

– Le importa que pase con mi…

– Claro, si no le hacen efecto las impresiones fuertes-. La secretaria hizo aparecer a la vez una sonrisa sospechosa. Entonces la cara de la paciente que perdía el color por momentos, quedó blanca y dijo que se quería ir. Pero su marido comenzó a convencerla. Sin embargo, fueron mas eficaces las palabras secas y autoritarias de la pequeña Puri.

—Aquí todos entran. ¡Vamos a perder un cliente, hombre!

En la puerta dos colgaba un letrero “El Fugado de Alcatraz” alias “El Destripador”.

– ¡Qué simpáticos!, Aseguraba mientras reía José, intentando convencerse de la broma.

Abrieron e ipso-facto oyeron:

—¡Vamos pasen, no podemos perder tiempo!

La imagen era poco tranquilizadora. En el fondo de la sala, un tocón de madera con un hacha de carnicero, sobre ellos rieles con ganchos curvos para colgar la carne. El médico con una bata que se ataba por detrás y un mandil de hule. En una esquina, casi desapercibida, una fregona y un cubo que resaltaba contra los azulejos blancos de las paredes de la sala.

—¡Qué le pasa!

—Verá, es que tengo unas almorra…, bueno unas hemorroides -le decía ella tímida.

—Eso no es nada – manifestó seguro mientras jugaba a darle vueltas al fonendo-, se lo quito yo en una sesión.

—¡Qué bien, señor doctor! – le dijo José para hacerle la rosca.

—Vamos a ver ¿le pican?

—Si, un poco.

—Y, seguro que se rasca ¿verdad?.

—Bueno, si, algunas veces.

—¡Que no la vea yo más volver a tocarse! ¡Qué gentuza! ¡Siempre pensando en lo mismo! -y dio un golpe seco con el puño en la mesa.

Ellos dos se miraron. El sudor les apareció de golpe. Mientras el galeno se dirigió a una vitrina. Sacó una piedra de afilar. Luego tomó un gran cuchillo y comenzó a dar golpes en el tocón.

—Perfecto está afilado. No hace falta ni que le pase la piedra. Es que ayer vino uno que tenía el trasero encallecido y casi me lo mella -les explicó.

A Carmencita le transpiraban hasta las pestañas. Era un líquido fío que le caía, gota a gota, por la columna, hasta donde pierdía su nombre y se transformaba en hemorroide.

Don Federico súbitamente lanzó el cuchillo hacia ellos, , eso les pareció. Se tiraron al suelo mientras se escondían detrás de la mesa.

—Vaya, otra vez que no lo he clavado.

José miró para atrás. Vislumbró la silueta de una persona pintada sobre un trozo de madera. Junto a ella una camilla también del mismo material.

—Ya está bien de zarandajas. Se tumba que vamos a proceder.

José y su respectiva corrieron hacia la puerta. Al agarrar el picaporte, 300 voltios de descarga. Allí habían pensado en todo. No podían huir. Al marido, al hombre de la pareja, se le doblaban las patillas.

Mientras, en las salas de espera, comenzaba la terapia de choque. Por unos altavoces y cada media hora, se oían gritos de terror durante cinco minutos.

Al preguntarle a la secretaria, la contestación era espeluznante:

—¡Ah!, eso, es en la sala… (dos, tres, uno, según la inspiración). Es que hoy en día la gente no aguanta nada. Quieren que todo se lo hagan con anestesia.

El interlocutor se marchaba a su sitio en un estado inenarrable.

Luego, cada hora, pasaba por las salas, el portero, quien al final de mes cobraba una propina por tal menester. Se colocaba un delantal que manchaba de sangre. Del bolsillo siempre colgaba un tripajo de algún bicho (esto era una aportación personal que le había gustado mucho a los doctores). Otras veces le pedía el hígado de la comida a su mujer.  Lo llevaba agarrado con una mano como si fuese un maletín. De esta guisa se daba una vuelta por toda la clínica ante los ojos incrédulos de los clientes e incluso entraba en alguna consulta preguntando al doctor que en ella estuviera:

—¿Necesita ayuda?.

—No, por el momento, no están tranquilos – solía responder. Los pacientes se quedaban mansitos.

Era el ayudante del doctor. Así le conocían todos y se lo comunicaban los unos a los otros en voz baja. Jamás le habían asociado con el pacífico portero de la finca que les miraba risueño mientras hacían cola.

De la sala dos, salieron José y Carmencita. Ella pálida pero contenta. Él con el pelo blanco y ojeras.

—Son estupendos – le decía ella a la secretaria -, del miedo que he pasado y sin tocarme, se me han reabsorbido las almo…, bueno,-bajando el tono de voz—usted ya sabe.

A Manolito se le terminó de poner el pelo blanco cuando tuvo que desembolsar los montones de miles. Taquicárdicos aún, salieron de la consulta.

Si alguien no se curaba en la sala anterior, lo enviaban a ponerse una inyecciones, la habitación de enfrente, donde ponía “El Ciego de Oklahoma”. Era para secar, según decían.

En ella, nada más entrar, se encontraba al doctor Sibelius con una gafas redondas negras y una bastón. También lucía la bata de hule, manchada con trompicones, indescriptibles. Parecía ser el uniforme de la clínica.

Allí había entrado Sigerico, enfermo recalcitrante al que no se le había reabsorbido nada después de la primera terapia de choque. Ahora, iba encaminado al tratamiento de impacto.

Junto a uno de los tabiques, reposaba un ponedero de gallinas.

—Es que me gustan mucho los animalitos – decía el versado en medicina -. Además, se mantienen calientes la agujas.

—Me busca una jeringuilla, por favor, ahí en la jaula.

Sigerico no daba crédito a lo que oía y tuvo que ponerse a rebuscar entre el “guano”, hasta que la encontró. La puso en la mano del doctor, quien, con la otra, buscaba entre unos tarros etiquetados. Los nombre eran espeluznantes: lejía, sosa diluida, alcohol de 99, amoniaco, caldo de cocido…

—Veamos que le toca en suerte.- En un juego de pinto, pinto, elegía un recipiente. Esa vez fue caldo de cocido . Con él llenó la jeringa.

—Túmbese.

El paciente, casi en un estado hipnótico, no se atrevía a decir ni a hacer nada y sin chistar, sobre todo al ver a aquel hombre sin vista con una aguja de un palmo entre las manos.

Una vez de cubito supino, el médico le ataba a la mesa. Cuando le preguntó el por qué, se arrepintió al instante. Se percató de que había perdido una maravillosa oportunidad de quedarse callado. El estómago le pegaba golpes contra el hígado.

—Es que a menudo, como no veo bien, tengo que pinchar unas docenas de veces y los pacientes huyen –fue la respuesta.

Mientras, en las salas, se utilizaba el recurso número cuatro, las risas enloquecidas del doctor Eduardo. Sólo se empleaba durante dos minutos. Era demasiado impactante. Se trataba de  la grabación realizada en la sala de poseídos infernales del manicomio de Leganés. Purificación también se trabajaba el sobresueldo. Cuando ella veía con su perspicacia psicológica, que podía explotar a alguien le decía con la mano extendida:

—Si quiere le digo al doctor que utilice el bisturí nuevo. Hace menos daños que el enmohecido.

El oyente le soltaba de manera sistemática uno o dos billetitos, según el caso.

Del sótano subió una señora timorata preguntando por el servicio.

—¡Es que usted no aguanta nada! Sólo hace cinco horas que espera.

—De verdad, no puedo más. – Decía apurada y enrojecida.

—Bueno, está bien, pero esto va aparte. Un euro y cincuenta céntimos por el papel.

—Es que sólo tengo uno.

—Vale, no se preocupe, entre y se limpia con la mano. – Puri abría una puerta por la que se accedía a un agujero en el suelo sobre las plantas del sótano que a pesar de la falta de sol, crecía brutalmente gracias a estas raciones suplementarias de abono.

La señora salió con la mano separada del cuerpo.

—No le da asco. – Le espetó la secretaria.

—Si, pero es que sólo tengo diez céntimitos. Por eso ¿no me dará usted un trocito de papel?.

—Bueno, por esas cantidades tenemos una solución barata. Acérquese.

La acercó a la percha de los abrigos. Puri escogió un largo gabán marrón. Examinó de la calidad de la tela. Era el adecuado.

—Traiga la mano y límpiesela en esto.

La señora se quedó admirada pero accedió. Al fin y al cabo no era suyo.

Al mismo tiempo, Sigerico, como ido, salió de la sala de inyecciones. Curiosamente curado sin que apenas le tocaran. Con un imperdible llevaba el carnet de identidad sobre la chaqueta. Había perdido la memoria. “Es que ya no había temple como el de los hombres de antes”. Solía asegurar el ciego, cuando salían algunos pacientes.

Poco a poco, crecía la fama de la clínica donde curaban sin tocar. Algunos, lo calificaban de milagro. Incluso, se formó una asociación de amigos de la clínica del Doctor López y Asociados. Mandaron un escrito al Papa con información de los sobrenaturales hechos. Resaltaban la abnegación y sacrificio de la maravillosa Purificación, que espera, ya cualquier día, la visita del nuncio papal.


                                                      Diario de una boda

Bajo unas columnas dóricas de escayola, esperaban los invitados. Portaban sombreros de estreno, trajes recién planchados y zapatos que mordían los dedos gordos, juanetes y cualquier otra parte susceptible de producir dolor en el pie.images

Mientras una novia y un novio eran arrastrados al banquete por un cochazo.

Las lágrimas de la madre de él, los sofocos compungidos -mezcla de enfermedad de Parkinson y baile de San Vito—de la “madonna” de ella y los comentarios de todos aquellos seres hambrientos, formaban una barahúnda, laberíntica, con una pizca de nihilismo esquizofrénico.

Asistíamos a aquella boda invitados por Sánchez. Su hermana se casaba. Nosotros éramos sus amigos íntimos, Vacas y yo, que con nuestros trajes de domingo, nos dedicábamos a observar el panorama.

El Señor Fernández, uno de los invitados, rabiaba de hambre. Su mujer hacía dos días que no le daba de comer. Total, pasado mañana vamos de boda y así amortizaremos el regalo, mantenía ella con el espíritu práctico de la mujer española. Eran los argumentos de la buena señora para llevar a cabo aquella acción tan sádica.

Seguíamos a la espera del coche. Nosotros, callados nos dedicábamos a observar. Así vimos como otro de los invitados daba a escondidillas un sobre blanco al padre de la novia.

Un detalle para los chavales. – Decía mientras le golpeaba la espalda como si se hubiera atragantado.

El progenitor, le largó la historia de la molestia, del que no hacía falta, lo importante es vuestra compañía… Tras terminar la retahíla, el padre de ella corrió a dárselo a la madre de ella y ellos juntos y con disimulo le pusieron el nombre de quien lo había entregado. Lo peor, tras unos setos, lo abrieron.

—¡Qué miserable! ¡Sólo veinte euros! Con esto no pagamos ni su cubierto.

La señora Eduarda le devolvió el sobre a su marido, para que lo guardase junto a los otros. Pero el “Zorro de Vallecas”, como le llamaban sus amigos, lo había calculado todo. En el servicio del restaurante, encerrado a cal y pestillo, sobre la taza del inodoro efectuó la maniobra. Sacó en billete de veinte y lo sustituyó por uno de diez.

El robo del siglo. Nosotros le habíamos seguido. Nos habíamos encaramado sobre la taza del retrete de al lado. Eso nos permitía mirar por encima de la pared de separación entre los reservados. Nos quedamos boquiabiertos cuando fuimos testigos de su manejo.

Después, volvió con toda naturalidad a mezclarse con el grupo de gente en la puerta.

Los novios llegaron. Rodeados de vítores, se dispusieron a entrar, pero…

-¡Alto!—el fotógrafo les detuvo y les obligó a regresar de nuevo al interior del coche. Terminó de comerse el bocadillo y preparó la cámara. La pareja, tras los cristales, dibujaba una sonrisa tontina. Por fin, abrió la puerta y les dio las instrucciones.

Un golpe de pito del ayudante del fotógrafo: un paso, una risita y una foto. Así hasta la entrada. Luego les agarró del brazo y los colocó frente a frente, separadas sus caras solamente dos centímetros. El novio, no pudiendo resistir a sus impulsos, fue a dar un beso a su ya esposa y ¡zas! pescozón del fotógrafo por no estarse quieto.

Su madre también le regañó. La novia le puso mala cara por vicioso.

El chaval, con los ojos muy abiertos y avergonzado, se mantuvo como una estatua. Pero el profesional de la imagen le veía muy serio. Le dio un par de voces.

—¡Leche! ¡Ríete! ¡Esto va a parecer un funeral!

Él lo intentaba. No había forma. Entonces, el ayudante le metió un dedo en cada una de las comisuras de los labios y le modeló la expresión correcta.

Luego la foto lateral, frente al espejo, al descender la escalera, mientras bebían el “champagne”, con la cara de éxtasis perdidos uno en las pupilas de la otra…

—¡Qué organización tan buena la del salón! ¡El mejor de la capital!. -Repetía a diestro y siniestro la madre de él.

Mientras, su marido sacaba la mano de un tarro de agua fría. Acto seguido, la secretaria de los salones le untaba con un ungüento para el dolor y la inflamación en cada dedo. Se encontraban preparados para todo. Las ciento veinticinco letras firmadas por el importe de la comilona le habían dejado exhausto.

Sonaban unas fanfarrias carnavalesco-matrimoniales que hinchaban el pecho del novio y corrían el rímel de ella cuando se dirigían a la mesa presidencial. Miraban de un lado a otro, dando suaves balanceos de cabeza.

Una vez sentados, aparecieron los canapés con sucedáneo de todo, de caviar, de gamba, de butifarra… hasta con sucedáneo de comida.

Los novios en el centro, a los lados los padres, los hermanos a continuación y luego nada, la separación con las otras mesas. Más abajo, porque ellos se encontraban sobre una tarima, el resto de los zampones en mesitas cucas circulares.

A nuestro grupo, como si fuésemos apestados, nos colocaron en un rincón.

El Sr. Fernández se quitó las gafas. Remangó sus mangas y se dispuso a la tarea. A él que nadie le molestara mientras deglutía lo que le caía en suerte, los reenganches -a base de darle la murga al camarero—y las sobras del resto de los comensales de su mesa. Sabía que, no sólo su mujer no le preparó nada para comer el día anterior, sino que a la jornada siguiente, para ahorrar, tampoco.

Sobre cada mesa, un mantel blanquecino, seis copas por cada asiento, doce cubiertos de las formas más variadas, ¡ah, sí! y la servilleta.

Este último elemento, unos lo disponían sobre una rodilla, otros sobre las dos. Había quiénes se lo colocaban a guisa de babero remetido por el cuello de las camisas o blusas. Muchos obligados por sus esposas.

—¡Que tú Pepe eres muy sucio, y luego quien lava soy yo!

Llegó el primer plato, “Soupe de fruit de mer et mousse du chocolat à las herbes fines du Bois de Boulogne”, rezaba en un cartón sobre la mesa que indicaba el orden de la aparición de las viandas. Aquello nos hizo mucha gracia pero sobre todo el oír algunos comentarios.

—Manuela, a mí esto me parece sopa de pescado. -Le dijo Jenaro por lo bajo a su respectiva-. ¿Y con qué cuchara se come esto?

—Tu mira y calla. Allá donde fueres, haz lo que vieres.—Le susurró ella astutamente.

Él miraba la colección de cubiertos. Uno de la mesa de enfrente cogió una cucharilla mediana, otro de más allá una diferente, pequeñita. Desorientado, fijó por fin la atención en un hombre con aire elegante y de señor bien. Se dio cuenta de que éste le miraba a él. Le correspondió con una sonrisa de compromiso. Sin pensárselo lanzó su mano a uno de los instrumentos. Apareció entre sus dedos una cucharilla pequeña. Su vecino unos instantes más tarde tomó la misma con decisión. Otros señores que se encontraban al lado de éste, al ver la seguridad con la que se decidía por aquel útil, dejaron el que empleaban y tomaron el mismo. Después de un rato, todo el comedor tomaba la sopa con la cucharilla del postre.

¡Qué sorbidos, rastrilleos del fondo del plato y conversaciones de bocas abiertas con contenidos de chirlas y caldo entre dientes y lengua!

En la mesa de los tíos de nuestro compañero se sentaba Luisa, la pasota de la familia. Se había negado a enfundarse en un traje de chaqueta, alegando que en vaqueros estaba muy cómoda.

—Estás hecha una mujer. Lo pequeñaja que eras la última vez que te vi. ¿Qué tal los estudios? ¿Tienes novio?

Ella se daba cuenta del error fatal que había cometido al acomodarse junto a su tía. Iba a someterla a ibnerropgatorio inquisitorial durante todo el ágape.

Llegó el segundo plato: “Viande de vache brave aux oignons toledanes”.

Un filetón carnicero. Otra vez la duda. El tenedor estaba claro, pero ¿qué cuchillo?. Unos se partían el índice apretando el filo del cuchillín de postre contra la carne. Muchos restregaban, mientras movían la lengua entre los dientes, la paleta del pescado contra la corteza de su manjar. Los menos empleaban el instrumento correcto y el abuelo Pepe, harto de zarandajas, tiró de la navaja. La llevaba encima. En un santiamén dejó listo para comer el trozo de carne.

Los de la otra familia le pusieron del revés. Porque aquello era un bodorrio, no eran ni mucho menos de su misma clase, qué mala suerte ha tenido la chiquilla de caer entre estos pelacañas, que poquita cosa es el novio y blablablá que te reblablablá.

Los del clan opuesto se expresaban casi en los mismos términos.

Una señora sacó un bolsón de plástico de unos conocidos almacenes de nombre inglés, en el que le habían trajeron la lavadora, y se dedicó a la tarea de meter todos los restos, para el perrito ¿saben?

Comenzaron los, ¡Vivan los novios!, de los achispados, ¡Que se besen! y el resto del repertorio al uso.

En una de las mesas, un francés, familiar lejano, que aprovechó la invitación para visitar España preguntó por el significado de aquellas frases. El tío de mi amigo, Bartolomé, le explicó con detalle. El gabacho, según le apodaban en la familia, insistió en que deseaba contribuir a la alegría con una de aquellas expresiones. Intentó aprenderla de memoria según le repetía su compañero de mesa:

—¡Vivan los huevones del novio! – Llegó a decir al final con un gracioso acento francés. Estaba convencido del entusiasmo que causaría que él, sin conocer el español lo más mínimo, soltara aquel deseo de felicidad para la joven pareja.

Tío Eduardo le repitió varias veces más para que cogiese el tono. Le aclaró que el grito debía de ser fuerte y claro.

El hijo de la madre Francia le dio con efusividad las gracias. Luego se puso en pie y copa en alto chilló la frase.

Todas las miradas se le clavaron. Se hizo un silencio de velatorio. El novio enrojecía por momentos. El francés miraba, extrañado a uno y otro lado. Tío Eduardo se revolcaba por los suelos. El resto de la sala nos miró con disgusto. Las lágrimas de nuestros ojos nos delataban como consentidores de aquella burla internacional.

Mientras esto sucedía otro señor aprovechó para coger con la mano las aceitunas que llevaba media hora persiguiendo con el tenedor por el plato. La señora de la bolsa la llenó aun más y un niño se pimpló el vaso de vino del padre.

Al rato la comida retornó a su ritmo normal. Llegó el postre. Los golosos relamieron barras de helado.

Los hermanos y hermanas de los novios, para suavizar la situación pasaron con unos puros y cigarrillos. Cómo no, todo el mundo fumaba. Los que habitualmente no lo hacían pedían para sus amigos, para sus padres que les daban codazos. Nadie desaprovechaba la ocasión. La consigna era rapiñar cuantas piezas podían.

Algún papá demostraba lo machote que era su hijo. Le ponían un cigarrillo en los morros y lo encendía. El chaval, a lágrima caída y aguantando en medio de la zozobra de una marea de toses, se hacía el hombrecito. Todos reían. Los niños parecían murciélagos con los ojos extraviados y las orejas abiertas y rojas.

Llegó la tarta. Sólo, las puntas de los cigarros y el chisporroteo de una bengala sobre ella resplandecían en la oscuridad. Para causar mayor efecto habían apagado las luces.

¡Qué emoción! Llegó el carricoche a la mesa nupcial y ¡pluf!, Deslumbraron a todo el mundo con un encendido súbito de luces. De fondo la marcha nupcial de algún autor sacarinoso.

Ofrecieron un espadón medieval a los novios. Ella ansiosa, tendió la mano y lo agarró. Pesaba más de lo que creía y casi destroza el juego de vasos de Arcopal. Su brazo de mujer femenina, como se auto-consideraba, no pudo con el fierro. Su ya marido la sonreía achispado. Con una mano tomó el pincho. Ves lo que hace tu hombre. Aunque perdió toda su alegría al observar que el fotógrafo y su ayuda de cámara, venían directos hacia él. Deseó emplear el arma para arrearle unos mandobles a aquel tipo. Por no dar el espectáculo se detuvo. Una vez a su lado, aquel mago de la imagen le arregló la cara mediante un tirón de ceja, de boca y un giro al cuello, mientras le estiraba del brazo para dejarle en la pose justa.

A la novia la también hasta encontrar la posición idónea.

Formaban un cuadro antinatural, pero eso sí, muy enternecedor, según la madre de ella.

¡Flash! El primer deslumbre. Él, cerró los ojos. Sintió sobre sí la mirada de recriminación de aquel artista del objetivo.

—¡Como cierres otra vez los párpados, te quedas sin café!.—Le amenazó

—¡Por Dios, compórtate como debes!. – Le gritaba por lo bajo su ya mujer.

Sabía que el fotógrafo le había cogido manía y estaba hasta los ¡piii…! (Censura eclesiástica en un acto e estas características).

Luego el fotógrafo pasó por todas la mesas. Al llegar a la nuestra nos cayeron varias regañinas porque estábamos muy serios al principio y nos reíamos mucho después. Acabó por disparar y el resultado fue en grupo de colegiales rígido enfundado en trajes de domingo. Desde entonces cada vez que intentan realizarnos una fotografía el trauma aparece y la naturalidad se nos evapora.

Tras las fotos, comenzaron a repartir el tartón. Seguimos la ascensión hacia la obesidad.

¡Total, por un día! Se autojustificaban las señoras, los hipertensos, ulcerosos y los de la sangre azucarada. “¡Por un trocitín de nada!. Incluso los más radicales repetían con fuerza, De algo hay que morirse.

Se terminó con un baile en el que el novio las pasó más negras que los batusi. Tuvo que iniciar la danza mientras procuraba no pisar a su partener.

Con rapidez se animó la mayoría de los comensales. Unos para achucharse contra la cuñada o familiar allegada, que estaba muy buena. Otros para tocarle lo que pudieran a la novia, incluso se podían encontrar algunos que intentaban ligar a la desesperada y los cogorzas se lo pasaban pipa mientras daban la nota con el baile del oso. Nosotros mirábamos.

Y, se ha pasado bien, y enhorabuena, y ….

Desfilaron los novios, los invitados y un telón cayó sobre los protagonistas que marchaban para el viaje a cualquiera de los destinos clásicos donde se desplazan para comenzar las luchas en común los primerizos de estos lances.

De camino a casa nos mofábamos de la parafernalia. Aquellas escenas se nos quedaron grabadas. Por eso, tal vez hemos tardado tanto en casarnos.


Muchas gracias.Thanks so much. Merci.

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